Capítulo 2: Ana


Ana

rancho al fondo

El bebé lloraba en la cuna. La fiebre lo devoraba y nadie podía prestarle atención: la madre se estaba muriendo.

Casi a la medianoche, el médico del pueblo había regresado con un maletín lleno de instrumentos para tratar de parar la hemorragia con una cirugía improvisada en la habitación matrimonial, que se había transformado en un hospital de campaña. Contaba con Doña Ana, la partera del pueblo. Con ella habían salvado la vida de decenas de mujeres, era la mejor asistente posible, una mujer experta y segura. Por desgracia, también era la suegra de la paciente.

Ana ya sabía que no había mucho más que se pudiera hacer por su nuera, a la que había llegado a querer con todo su corazón, pero estaba lista para pelear por su vida.

Miró a su alrededor. El espectáculo que presenciaba era como un circo de dementes: los hombres afuera, en los patios, haciendo como que se ocupaban de los carros y coches en los que habían llegado trayendo a las mujeres, que trajinaban de una habitación a la otra, en silencio o intercambiando frases con voces susurrantes.

Su hijo Paulo, que era el hombre más alto del pueblo, estaba acurrucado en un rincón del cuarto y no le sacaba los ojos de encima a Rosa, que ahora parecía una niña delgada y pálida, tendida en la cama, rodeada de trapos sanguinolentos. Parecía tan pequeño que Ana creyó verlo de nuevo como cuando era un chico, llorando en el patio, el día que descubrió que con la piedra que arrojaba la gomera, podía matar a un pájaro.

En un rincón de la cocina los dos pequeños muchachitos se abrazaban, con las caras sucias de mocos. Ellos comprendían lo que pasaba y se consolaban uno a otro. En el cuarto de los chicos Azucena cantaba y mecía la cuna de la hermanita menor, a la que había alimentado y cambiado los pañales antes de acostarla.

Cada tanto, miraba de reojo a su consuegra. Petra rezaba y lloraba arrodillada en un rincón, enfundada en su eterno vestido negro. Ana temía que en cualquier momento tuvieran que correr a asistirla a ella también.

Rosa iba y venía de su sopor. Sólo murmuraba el nombre de Paulo, que acariciaba su cabello y besaba sus ojos y sus labios. Ella lo miraba, como desde el fondo de una fuente profunda y exhausta, volvía a dormirse con una sonrisa.

Luisa, la hermana menor de Rosa, sentada al borde de la cama, dejaba que sus lágrimas se deslizaran por su cara redonda y blanca, porque con una mano sostenía la mano de su hermana, como si con eso impidiera que su hermana se fuera, mientras mecía con la otra la cuna del bebé, estableciendo una conexión entre los dos moribundos a los que las fiebres se tragaban despacio.

Junto con Luisa y Julio, que habían llegado por la mañana temprano, vino Margarita, su vecina y amiga. Habilidosa para dar ánimo, había organizado a las vecinas que parecían a punto de estallar en llanto, hasta formar una tropa ocupada en ayudar.

Muy tarde, ya bien entrada la noche, había llegado Amalia en un coche de paseo, vestida como una gran señora, con un gran sombrero, adornada con alhajas y perfumada con lavanda. El cochero se quedó dormido muy pronto, porque los otros hombres que estaban sentados en el patio de adelante, no cruzaban una sola palabra.

Uno junto a otro, su esposo Nicanor y Giuseppe, el padre de Rosa estaban sentados en el banco de la entrada. Los dos viejos, unidos por la inmigración y la lucha por el arraigo, estaban otra vez juntos en el sufrimiento que compartían en silencio.

Justino, uno de los guardaespaldas de Paulo y Julio, el marido de Luisa, fumaban en el rincón más alejado del patio, también sin cruzar palabra. Sólo faltaba el marido de Amalia, que jamás pisaría la casa de su peor adversario.

Sus otros dos hijos, Mariano y Rafael, estaban de pie en la esquina opuesta.

Nada podían decirse en ese momento: las mujeres y el médico hacían lo posible para salvarle la vida a Rosa y cada hombre rumiaba lo suyo con respecto a esa mujer, que había marcado a su modo la vida de cada uno de ellos. Ana sabía que cada uno de sus hijos se retorcía de dolor, pero por motivos diferentes. Paulo perdía a su amor, pero Mariano y Rafael también tenían sus razones.

Rafael perdía a la única hermana que tuvo. Al borde de la desesperación, le había confesado a Rosa que era homosexual. Ella había evitado que se suicidara, abrigándolo con su increíble dulzura. Lo había abrazado y consolado como sólo una hermana puede hacer. Lo animó a seguir con su vida prescindiendo de esa comunidad pacata en la que él pretendía encajar… y había sido ella la que, entre silencios y palabras sueltas, había confirmado a Ana sus sospechas.

Mariano jamás había podido decirle a nadie que él también estaba enamorado de Rosa, aún antes que Paulo la conociera. La había visto en el tambo de sus padres hacía ya demasiados años para contarlos y había vigilado sus idas y venidas por el pueblo, esperando el momento apropiado para acercarse.

Le había hablado una vez en uno de los bailes de verano en el Club de Paleta, pero ella lo miró de arriba abajo y le respondió que se buscara alguna señorita de su edad, porque Mariano aparentaba ser muchos años mayor, por su manera de vestir y su cabello entrecano ya desde los veinte. Rosa había olvidado de inmediato el incidente, porque era su costumbre tratar a los hombres que la rondaban con un singular desprecio. Esa respuesta tan fría, en vez de congelar su corazón, avivó las llamas y él ya no pudo dormir, ni comer, ni trabajar, porque el recuerdo de Rosa lo torturaba.

Doña Ana se dio cuenta de que su hijo sufría de amor, pero él jamás le dijo por quién. Sólo se dio cuenta en el baile en el que Rosa y Paulo chocaron con la mirada, cuando Mariano enrojeció al ver cómo su hermano apretaba la cintura de la mujer que había amado en sus sueños. Vaticinando las tempestades, Ana trató de hablar con Mariano, pero su hijo estaba tan lejos ya, que nada podía evitar que en el alambique retorcido de su alma, el amor por Rosa se destilara en odio por su hermano. Se afilió al partido político contrario, se opuso a él en cada campaña, lo desprestigió cada vez que pudo y cuando la ferocidad de su encarnizamiento puso en peligro la vida de Paulo, sólo Ana lo detuvo. La vieja todavía corajuda, puso su cuerpo entre los dos y le dijo “¡Atrevete, cabrón!”

Al día siguiente, Mariano se fue para siempre de la casa paterna a vivir en la Capital. Y por consejo de su madre, Paulo se escapó a los campos por primera vez, justo a tiempo, antes de que llegara la policía a la casa del matrimonio y diera vuelta cada cacerola y cada cajón, como si un hombre de su tamaño pudiera ocultarse en esos lugares, con una orden de detención “por alentar el desorden público”.

Ana estaba acompañando a su nuera, que no soltó una lágrima y se mantuvo erguida y serena ante el insulto, convencida de que Paulo necesitaba a su lado una mujer con la fortaleza de soportar las injurias.

– Más bien será por alentar el desorden privado – le dijo la vieja al comisario, que se paseaba por la casa golpeando con el rebenque la caña de su bota – Dígame, ¿cómo se siente ser el títere del cabrón de mi hijo, que lo manda a detener al hermano nada más que porque está caliente con la mujer?

– Doña Ana, mejor guarde silencio, mire que la cosa no es con usté, pero por favor, no ofenda a la autoridá…

– No me vengas con pavadas, que no sólo ayudé a tu madre a parirte sino que también te limpié el culo varias veces y te saqué los piojos cuando eras chico. ¡Terminala con esta comparsa y sacá a estos imbéciles que trajiste con vos, que entre los calzones de mi nuera no se esconde el tipo que te defendía en el recreo cuando te querían fajar en la escuela!

Y el comisario, abochornado ante sus subalternos, pegó dos o tres rebencazos más y prefirió salir antes que la vieja terminara de asarlo, porque todo lo que había dicho era cierto. Paulo lo había defendido cientos de veces, le había enseñado a cazar y a usar el revólver mucho antes de recibir el escaso entrenamiento policial que le dieron al reclutarse. Y esa misma mujer que lo avergonzaba, lo había convencido de entrar en la Policía, para conseguir un empleo estable. Pero ahora no le resultaba muy cómodo tener un amigo peleado con el Intendente, con un Juez y con un hermano candidateado a Diputado provincial, que querían verlo preso.

Así se enteró Rosa del amor secreto de Mariano y de la causa por la que su marido era perseguido de manera tan insistente.

Cuando los policías se fueron lloró en los brazos de Ana. Lloró por su altanería, que había destruido el vínculo entre su marido y su hermano, lloró por su esposo fugitivo y lloró al darse cuenta de que su calvario sólo estaba empezando.

La única que no rezaba esa noche era Amalia, que retorcía las puntas del pañuelo bordado por su hermana, mientras miraba a Paulo. Ana también sabía por qué.

Amalia una vez había tenido unos hermosos diecinueve años, aunque el gesto agrio que tenía en su cara ahora no permitiera a nadie ni siquiera imaginarse que alguna vez esa mujer había sido feliz.

En esos años, ayudaban las tres a su madre en el despacho del tambo, porque todavía no tenían empleados. Amalia era una muchacha alta, de espalda recta y rasgos finos. Parecía de otra condición social.

De hecho, no asistía a los bailes del Club de Paleta de Burzaco, sino a los del Lawn Tennis Club de Adrogué, al que concurrían los jóvenes de las familias adineradas, los nuevos ricos de la Capital que habían generado a partir del Hotel Las Delicias y unas quintas bien ubicadas a la vera de las vías del ferrocarril, una la villa de descanso a la que trasladaban en el verano sus fiestas y reuniones sociales.

Como su belleza era singular y parecía más descendiente de franceses que de italianos, había logrado establecer algunas amistades que la aceptaban más por su apariencia que por su origen. El hecho de que su apellido pudiera pronunciarse como francés también ayudaba al disfraz. Con tanta precisión ajustaban las piezas con sus ambiciones, que terminó creyéndose ella misma la historia. Se presentaba con su apellido afrancesado y toda la semana cosía sus trajes imitando los modelos de moda que exhibían las revistas, compradas por encargo en el puesto frente a la estación de trenes. Los padres murmuraban protestas por su actitud altanera, pero sus hermanas se divertían con ese juego, en el que no participaban mucho porque lo consideraban un poco estúpido, en el caso de Rosa, o demasiado arriesgado, en el caso de Luisa. Colaboraban con la hermana mayor para alegrarla.

Lo cierto era que Amalia, durante todo ese verano asistió a los torneos de tenis de los sábados y luego se quedaba al baile, a regodearse por la multitud de solicitudes anotadas en su carné de baile y por las miradas ansiosas de los futuros abogados, escribanos, ingenieros y soldados, que buscaban a toda costa la complicidad de sus amigas para ser presentados con las formalidades correspondientes. Lo cierto era que Amalia participaba del conjunto alegre que regresaba a Burzaco en los tres o cuatro coches de las familias más pudientes.

Una de esas noches de carnaval en las que las barras de muchachotes se aburren un poco o toman demasiado, los atorrantes del Club de Paleta de Burzaco se fueron a esperar a las chicas de Adrogué a la puerta del Lawn Tennis, a la hora de salida del baile. Estaban dispuestos a darle una paliza al primer “cogotudo” que intentara impedir sus avances amorosos hacia las “niñas bien”, que salían en grupos, conversando y riendo.

El cruce casi termina en tragedia, cuando entre dos pavotes con más copas que conciencia, iniciaron una pelea para disputarse a Amalia. Enfundada en un vestido azul noche, estaba más hermosa que de costumbre. El pueblerino osó decir que la señorita le pertenecía porque era la hija del tambero de su cuadra y el futuro médico sacó a relucir la sevillana que ocultaba en su bolsillo, para lavar la ofensa dirigida a la francesita que acababa de conquistar. Mientras sostenía con su mano izquierda a Amalia del brazo, para que ella acercara su cara a la del infeliz de su vecino, con la derecha mantenía la sevillana picándole al pobre tipo el cuello y le gritaba que mirara bien a la mujer y confirmara su identidad o se retractara. En esa situación, el amenazado no podía resolver el enigma ¿la mataría a ella si decía la verdad o lo mataría a él si no decía que se había confundido de mujer? Todo el público asistente tenía la misma pregunta en la mente. Todos menos Paulo, que para terminar rápido con el espectáculo, apoyó la boca del revólver treinta y ocho en la sien del cogotudo, destrabó el martillo y dijo: “Soltá la navaja o te vuelo la cabeza”. El cuchillo cayó. Sin dejar de apuntar, Paulo tomó a Amalia de la cintura y la apartó hasta dejarla a sus espaldas, protegida por su cuerpo monumental. Después, desmontó el revólver, levantó el cuchillo, lo cerró, lo dejó caer en su bolsillo y ayudó a levantarse del piso a su compañero, que se había resbalado por la pared hasta quedar sentado, temblando.

– A ver, alguien que le enfríe la cabeza a este estúpido, que se va a hacer matar por la hija del tambero – dijo Paulo, y dos o tres muchachos acudieron en auxilio del futuro médico, que temblaba pálido y casi sin respiración. -Y vos, Amalia, subí al coche que nos vamos.

Amalia subió al coche más cercano de un salto y Paulo la siguió, todavía con el revólver en la mano. Enfundó en la sobaquera, tomó las riendas y condujo sin decir una palabra hasta salir de Adrogué y tomar el Camino de las Tropas. Allí rompió el silencio con una carcajada:

– Lindo despelote vamos a tener mañana, porque yo no sé de quién carajo será este coche y no tengo la menor idea de cómo lo voy a devolver…

– ¡Mirá si es del tipo ese al que por poco le volás la cabeza! – agregó Amalia, muriéndose de la risa.

Llegaron al tambo riéndose como dos chiquilines. Paulo bajó y sujetó el caballo a la verja, ayudó a Amalia a bajar y la jovencita usó el truco más viejo del mundo: se enredó en el vestido y se cayó… justo en los brazos de su salvador. Paulo la sujetó con tanta fuerza que la dejó sin respiración y le robó un beso antes de depositarla con delicadeza en el suelo, justo a la entrada de la casa.

– Espero que esto te enseñe a no andar pretendiendo ser otra… Con la mujer que sos, a mí me alcanza y sobra – Se subió otra vez al coche y con un chistido puso a marchar al caballo.

No volvió a visitar a Amalia jamás, pero ella nunca dejó de buscarlo: lo veía en la plaza o en la calle y sólo intercambiaban el saludo. Amalia empezó a ir a los bailes del Club de Paleta, pero Paulo ya no bailaba allí más que en algunas ocasiones. Prefería las peñas de las estancias y los bailes de los domingos en los boliches de campo, donde no había peleas por francesitas falsas.

Se volvieron a ver cuando Rosa le presentó a sus hermanas. Paulo entendió que Amalia nunca podría perdonarlo: no sólo la había bajado de su pedestal de barro delante de todos su finos amigos, sino que la había transformado en lo que era, una de las tres hijas del tambero, enamorada del guapo del pueblo, que ahora se casaba con su hermana.

El médico que esa noche estaba preparándose para operar a Rosa, era el mismo jovencito de la sevillana, que se había hecho amigo de Paulo varios años después, en la casa de Doña Ana, la partera del pueblo que se convirtió en su mejor agente sanitario.

Ana sabía que había llegado la hora. Retiró a todos del cuarto, indicó que alejaran la cuna hacia un lado, dispuso los instrumentos mientras el médico se lavaba y acercó todos los faroles que habían encendido las mujeres. Los preparativos habían terminado y había que operar a Rosa para tratar de salvar su vida, si Dios lo decidía así, por el bien de todos sus amados.

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