Capítulo 3: Luisa


Luisa

 bebe duerme

Adentro el movimiento de las mujeres había terminado, sólo se escuchaba el rumor de sus rezos, mientras el médico y Doña Ana operaban a Rosa.

Paulo abrazó a Azucena en la cocina y la niña exhausta, se quedó dormida en sus brazos. Los varones hacía rato que dormían en su cuarto, Margarita los había acomodado en sus camas y los había arropado.

Rosa murió antes de salir el sol. Paulo no pudo llorar, ni gritar, ni entender.

Enseguida, entre su madre y Amalia habían dispuesto quién se llevaría a los chicos en función de las camas disponibles en cada casa y cómo se las arreglarían para enterrar a Rosa antes de la medianoche, porque Justino había traído la palabra del Intendente de que no mandaría a la policía antes de esa hora para buscar a Paulo, pero que no garantizaba qué haría el Comisario después.

Luisa miró al bebé, afiebrado y dormido, agotado de llorar. Tocó el brazo del médico, que lloraba vencido, con la cabeza entre las manos, sentado a los pies de la cama de Rosa. Le tocó el hombro y cuando el hombre levantó la vista, le señaló al niño. El médico sentenció:

– Déjelo morir en paz, Luisa. No le quedan más de ocho o diez horas, en el estado que está y sin la madre…

Doña Ana se acercó, besó a Luisa en la mejilla y le dijo:

– Llevalo vos… Si vive, lo vas a criar como lo hubiera hecho Rosa.

Luisa lo envolvió en su propio abrigo y salió con pasos de nube de la casa. Al pasar a su lado le dijo al marido “Vamos” y sin más explicaciones ni preámbulos, subió al carro. Margarita la seguía, apagando los faroles a su paso.

Julio no acostumbraba recibir órdenes de su mujer, que era más dócil que una esclava, pero su instinto le dijo que era mejor obedecer esta vez. Saludó sólo a los que lo rodeaban y se fue con el dolor de no haber abrazado a Paulo, a quien tanto quería, pero Luisa no le había dejado opción, había que irse a casa. Cambió dos o tres palabras con los otros hombres y se comprometió a encontrarse con ellos en la casa de Doña Ana para ayudar en el funeral y el sepelio. Ayudó a Margarita a subir a la parte posterior del carro y azotó al caballo medio dormido para ponerse en camino. Luisa ya se había acomodado en el asiento con el niño en la falda, abrigado con su mantón de lana.

El viaje en carro hasta Brandsen no era ni corto ni fácil. Las ruedas se hundían en el barro de los días de lluvia anteriores y el caballo no acertaba a encontrar una buena huella. Cuando llegaron al Camino de las Tropas el suelo mejorado facilitó la marcha y el sol entibió el aire de cristal que trae el otoño después de la última tormenta de verano.

Luisa tenía la vista fija en el camino, hacia delante y vaya a saber Dios en qué pensaba, pero Julio, que la vigilaba de reojo, no dijo en todo el trayecto una palabra y tampoco esperó que Luisa hablara. Margarita dormitaba atrás, entre los sacudones, después de una noche agotadora y triste.

Cuando tomaron el sendero para la casa, era casi media mañana y los perros se acercaron a ladrar y saltar alegres por la vuelta de los patrones.

Frente a la puerta, Luisa se despidió de Margarita y le pidió a Julio que alejara a los perros y acercara el carro lo más posible y por ese día no dio más órdenes. Es probable que no haya dado más órdenes por el resto de su vida.

Bajó con cuidado, apoyándose en el brazo grueso y fuerte de su marido y caminó sorteando charcos hasta la entrada de la cocina. Julio prendió el fuego enseguida y puso a calentar una pava de agua, preparó el mate y sacó de la despensa unas galletas duras que le gustaban a Luisa para acompañar el desayuno. Luisa, sin dejar al bebé ni un momento, acercó al fogón la mecedora, buscó unos almohadones en el cuarto y los puso en el asiento y el respaldo, recogió su mantilla del sillón y la colgó de uno de los apoyabrazos, cambió sus zapatos por unas zapatillas, encontró unos trapos limpios y puso agua fresca en un plato hondo.

Tomó el primer mate que Julio le cebó en su vida y con un pedazo de trapo empapado en agua mojó los labios del bebé, que chupó desesperado. Repitió varias veces la operación, hasta que el niño se quedó dormido.

Miró a Julio con los ojos llenos de lágrimas y le dijo:

– Vamos a llamarlo Paulino, ¿te parece?

A Julio, que le tenía un gran respeto a su concuñado y lo quería como a un hermano, la idea le pareció maravillosa y empezó a vivir los mejores años de su vida.

Llevaban casados más de seis años y no habían tenido hijos. Esas cosas del destino, decía Luisa, mientras miraba jugar a los hijos de Rosa, que paría uno todos los años pares, para no perder la costumbre.

Rosa, que quería muchísimo a su hermana menor, le decía que debía ser él el culpable, porque tanto ella como Amalia tenían ya varios hijos y no había nada diferente entre ellas tres. Luisa, discreta y pudorosa, le decía que no podía ser, que su marido no tenía ninguna culpa, que seguro el problema lo tenía ella, que no sabía tener hijos.

Rosa se reía con su risa clara y franca:

– Hermanita, para eso no hay que saber nada: el hombre llega a la cama y es él el que todo lo sabe…

Es probable que Luisa pensara ahora en todas esas charlas en el patio de su hermana: cuando iba a la casa de Rosa en las tardes de espera interminable, mientras Julio hacía algún viaje largo conduciendo el tren hacia el interior de la provincia; o cuando la dejaba a la mañana, al pasar hacia Burzaco, para recogerla en la tarde, de vuelta a casa. Lo cierto es que nadie supo en qué pensó Luisa en esos momentos, porque a nadie le contó jamás una palabra, pero Paulino estaba dormido entre sus brazos, mientras ella se mecía lento y tomaba el tercer mate cebado por Julio.

La vecina trajo al mediodía una olla con un guiso. Cuando llegó, Julio se fue a alimentar a las gallinas. Quiso dejar hablar a las mujeres o tal vez evitarse el dolor de ver llorar a su esposa por la muerte de su hermana.

Margarita era la italiana más dulce y alegre que hubiera dado el Mediterráneo. Sabía que no habría comida en la casa de sus vecinos porque habían salido el día anterior con la noticia de que Rosa estaba muy grave, así que preparó una comida abundante, puso un poco en la ollita y se fue a la casa de Luisa para darle una mano.

– No te hagas problema, yo te ayudo – le dijo a Luisa.- A la tarde, cuando Julio se vaya para Burzaco, vengo y te limpio un poquito y te doy una manito para preparar algo de cenar y dejar algo listo para mañana. Mi suegra cuida a mis chicos, así que tengo tiempo de sobra para ayudarte. Te consigo unos pañales de los que usaron mis chicos hasta que pueda ir a comprarte al pueblo la tela para hacer los que necesites – agregó. – Ya mismo voy a casa y ordeño la vaca: no tendrá mucha leche ahora que ya tomó el ternero…, pero algo vas a tener para darle. A esta edad toman tan poco… y a éste más que nada hay que darle agua. Cantale un poquito, para que se acuerde de la madre…

Y se fue, veloz como el viento, a buscar todas las cosas que le parecieron útiles y volvió enseguida con los brazos cargados. Y volvió todos los días a media mañana y a media tarde, durante el resto de su vida.

Luisa parecía en estado de estupor: sólo miraba la carita delgada y diminuta de Paulino y controlaba en el reloj de péndulo cómo se agotaba el tiempo de la sentencia. Ocho a diez horas. Y empezó a cantar en voz baja una vieja canción italiana que les había enseñado su padre.

Y las horas pasaron, mientras se mecía y cantaba. Y cantarle al bebé era tan lindo que las horas pasaban y ya no importaba. Cuando llegó la noche y Julio volvió de Burzaco, Luisa todavía se mecía y cantaba. La sopa estaba caliente en la marmita, que descansaba a un costado del fogón y el plato y el vaso dispuestos en la mesa, pero no hubo una sola palabra, sólo la vieja canción italiana.

Julio se fue a la cama con ese arrullo, que fue el mismo que lo despertó en la mañana. Se levantó, bombeó un poco de agua, se lavó, llenó la pava y la puso a calentar para cebarle otra vez el mate a su mujer, que no había dormido, ni enterrado a su hermana, pero que era madre ahora, porque Paulino vivía, respiraba sereno entre sus brazos, mientras Luisa lo arrullaba.

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