Capítulo 4


Sarita

otra llegada de barco

El Club de Pelota Paleta de Burzaco había empezado como una simple cancha de bochas en la parte posterior del Almacén de Ramos Generales de Justiniano Dalponte.

El almacén había sido el centro comercial a mediados de siglo, pero la llegada del tren lo dejó en las afueras, desplazado hacia la zona de carretas, cerca del Camino de las Tropas. Justiniano había perdido clientes, pero su extraordinaria iniciativa lo puso de nuevo en el centro del comercio local cuando construyó unas piezas bordeando el patio, que servían de refugio y de lugar de descanso para los quinteros que traían sus cosechas hacia la estación de trenes y para los viajantes que promocionaban y distribuían los más variados productos manufacturados en el nuevo cordón industrial que se formaba alrededor de la Capital. Esto generó que la ruta de salida hacia las afueras doblara caprichosa en dirección al almacén y desde allí volvía a enderezarse hacia Brandsen y La Plata, que se empezaba a construir por el sueño loco de Rocha.

Justiniano Dalponte jamás imaginó que la geografía podía manipularse de esa forma, pero sabía que si no hacía algo pronto el tren lo iba a ahogar en barro.

Los amigos protestaron porque la cancha de bochas quedó estropeada por la construcción, pero el tano Dalponte los consolaba sirviéndoles unas rondas gratis de ginebra en el estaño y les dio la idea de tomar unos terrenos baldíos, linderos al ferrocarril, para hacer la nueva cancha y montar un club como la gente, con lugar para hacer bailes y reuniones, generando lo que luego sería su venganza, cuando la empresa de trenes se encontrara con que sus terrenos habían sido ocupados por una entidad de bien público, propiedad de la comunidad, a la que no podrían cobrarle ni la energía eléctrica que habían robado de sus líneas.

Mientras tanto, Justiniano miraba de reojo qué hacía su mujer en la sección contigua del almacén, donde se vendían los comestibles.

Sarita tenía propensión a fiar a las mujeres más pobres y Justiniano trataba de evitar ese dispendio, sabiendo que los pobres pocas veces pagaban las cuentas, sobre todo si se habían quedado sin trabajo o sin tierra. Las trifulcas en la trastienda eran famosas y siempre terminaban con la cara de Sarita amoratada por la ruda mano del esposo, que no era malo, pero sí muy bruto.

Tenían catorce hijos. Cuando Sarita no estaba pariendo, atendía el almacén y si no estaba tras el mostrador, era porque estaba pariendo. Doña Ana llegaba un día antes a sus predicciones de parto, se alojaba en uno de los cuartos de la posada y ponía a hervir los instrumentos. Esa noche o a más tardar al día siguiente, Sarita daba a luz a un niño o una niña. Al final del otro día, Doña Ana se iba de vuelta para su casa, recomendándole que no volviera a trabajar por dos días. Pero Sarita no le hacía caso, colgaba al recién nacido de un arnés que lo mantenía cerca de su pecho y al alba marchaba por el patio repleto de malvones y empezaba a barrer la mugre de dos días del salón del despacho de bebidas.

Enseguida Justiniano se sumaba a la limpieza mientras cebaba unos mates para los dos, caminando desde el fogón hasta el local, cada vez, cada mate, manteniendo la yerba en buen estado y el agua bien caliente. Miraba a Sarita con tanta ternura que nadie podía imaginarse en ese momento que ese hombre era el mismo que le había sacudido el sopapo pocos días antes y que volvería a castigarla pocos días después.

Ella era una mujer fuerte y gruesa, había acumulado algunos kilos después de tantos hijos, pero todavía era bonita y codiciada por más de uno de los paisanos que asistía al boliche a tomarse la caña o la ginebra al final de la jornada.

Entre los que asistían con regularidad estaban el marido de Doña Ana, que se hacía el recorrido en el coche de un caballo sólo para visitar a su amigo Justiniano todas las tardes y participar en algún desafío de truco de los que se organizaban entre la concurrencia, en los que Nicanor tenía más suerte que ninguno.

También se acercaba el tambero, que tenía tres hijas preciosas, para recordar viejos tiempos. Giuseppe y Petra habían compartido parte de su infancia en Italia con los padres de Dalponte y habían viajado juntos hacia América en el mismo barco que él y aunque eran mayores que Justiniano, lo apreciaban como a un hermano.

De hecho, Sarita era la sobrina Giuseppe y sólo un poco mayor que sus hijas. Sus padres habían muerto cuando ella era todavía muy joven y la habían dejado al cuidado de Justiniano, que no la miraba como un padre desde hacía tiempo y quien decidió que la mejor manera de cuidarla era casándose con ella.

Así Sarita pasó a ser la señora del almacenero antes de abandonar la muñeca de trapo, que todavía conservaba y ponía sobre la cama de hierro cuando quería darle a entender a Justiniano que esa noche no habría sexo.

Sarita todavía era joven cuando Justiniano ya peinaba canas y a él empezaron a roerle el cerebro las miradas que los hombres le dedicaban a la robusta matrona que trabajaba de sol a sol criando hijos, atendiendo el menudeo y organizando la pequeña cuadrilla de dependientes y cargadores que trabajaban en el puesto.

Un verano bochornoso, Justiniano se pasó de la raya y le dio a Sarita una paliza que la dejó desmayada. Un parroquiano alto y rubio, con cara de gringo, se había acodado en el mostrador y le daba charla a la patrona, mientras compraba vaya a saber Dios qué cosa que necesitaba ser pesada en la balanza de resorte. Sarita se agachaba a tomar del cajón de suelto el producto y lo llevaba en una bolsa de papel a la balanza. Justiniano vigilaba. Cada vez que se agachaba, el inglés seguía el trasero de la mujer, que quedaba expuesto en su amplitud a la mirada, debajo de las siete enaguas y la pollera clara. Un borrachín de los que tenía abono a partir de las tres de la tarde y que seis y media ya estaba pidiendo la próxima ginebra con la lengua atorada, vio el gesto del inglés y alertó a su paisano, que no necesitaba más para explotar de furia:

– Parece que te quieren soplar la mina, compadre. Eso le pasa a los viejitos que quieren carnear tierno…

Justiniano arrolló todo lo que encontró a su paso: el dependiente, la bolsa de harina y tres o cuatro sillas que con seguridad estaban ocupadas. Tomó al gringo de la parte posterior del cuello de la camisa y del trasero y lo tiró en el playón de entrada del local, en medio del barro y la bosta de caballo. Volvió a entrar hecho una brasa y arrastró a su mujer a la trastienda.

Cuando Sarita despertó, estaba tendida en su cama, con un pañuelo mojado en agua fresca en la frente y en sus brazos estaba la muñeca de trapo. A los pies de la cama, Justiniano lloraba como un niño y entre sollozos rogaba a Dios por su Sarita y suplicaba perdón. La pobre mujer se levantó, moviendo con esfuerzo su cuerpo dolorido y se asomó al espejo que tenía sobre la cómoda. La cabeza le estallaba, tenía los ojos morados, los pómulos hinchados y una herida en el labio que le había limpiado Justiniano, pero que lucía como una flor granate a punto de abrir.

– ¡No es Dios el que tiene que perdonarte, animal! ¡Fuera de mi cama, fuera de mi cuarto! ¡Nunca más te atrevas a ponerme una mano encima o te quedás sin cojones!

Sarita hablaba en serio. Al amanecer del día siguiente empezó el desalojo. Sacó toda la ropa de Justiniano del ropero y la tiró al medio del patio de los malvones, tiró encima la jarra y la jofaina que habían sido de su suegra y llevó a su cuarto un jarro y una palangana de lata de las que vendían en el almacén. Vació los cajones de la cómoda con las pertenencias de su marido sobre la pila y sobre ella tiró el lazo de cinta blanca que había adornado su cabello el día del casamiento.

Justiniano, que había dormitado apenas en una silla en el cuarto de los hijos varones, salió al patio recién cuando su mujer marchó con la escoba hacia el almacén, temeroso de que en su arrebato, Sarita lo moliera a palos. Juntó sus cosas y las acomodó como pudo en el último cuarto del fondo de la posada.

Puso el agua a calentar y empezó el mate. Cuando llegó al boliche para ayudar en la limpieza, Sarita no lo miró. Tenía el mate en la mano, tendido hacia ella, pero ella todavía no lo miraba.

– Sarita, el mate…- susurró.

– Desde hoy me llamás Sara o no te atrevas a hablarme – y con la punta de la escoba tiró el mate de la mano de Justiniano, estrellándolo contra el piso.

Cuando el primer cliente entró, saludó como siempre:

– ¡Buen día, Sarita! ¿Me da un kilito de yerba, por favor? – Sarita le contestó con la cara hinchada y el corazón repleto:

– Mire señor, de aquí en adelante, usted y todos en este mundo me llaman Sara y por Dios le juro que si no lo hacen, se van a encontrar los huevos colgados de mi soga de la ropa. ¿Qué quería?

– Un kilo de yerba, Doña Sara… y disculpe, yo no quería faltarle… – apenas con un hilito de voz le acertó el paisano a las palabras. Bajando la cabeza sacó unos billetes arrugados del bolsillo, los puso sobre el mostrador, tomó la bolsa que había cargado Sarita y se fue despacio, agregando desde la puerta un tembloroso buenos días, sin siquiera darse vuelta a mirarla.

Satisfecha, Sarita giró sobre sus talones y se fue otra vez para la trastienda y desde allí, cruzando el patio, hasta la pieza en la que dormían sus hijos varones. Despertó a Justino, su hijo mayor, para que pusiera una tranca del lado de adentro de la puerta de su cuarto. Cuando Justino terminó, ella barrió la viruta hacia fuera y volvió a su tarea de enderezar las cosas en el despacho.

Reunió a los dependientes y dio las instrucciones: el cajonero de los sueltos se acomodaría en la arcada que comunicaba al almacén con el boliche, para cerrar el paso de los parroquianos desde el boliche hacia el almacén. Las bolsas de mayoreo se acomodarían en la parte opuesta, cerca de la ventana que daba al playón de arribo de las carretas. Del lado de afuera de la ventana se acomodarían unas maderas para hacer una tarima que permitiera descargar con más facilidad las bolsas de las carretas y volcarlas hacia adentro del local. Las dos mujeres se encargarían de la venta minorista y los muchachos controlarían la carga y descarga de las carretas a través de unos papeles en los que ella les daría por escrito lo que tendrían que cargar para cada cliente. Ella se instalaría en el mostrador y se ocuparía de cobrar todas las ventas y pagar todas las compras, salvo las que fueran para el boliche, de las que se encargaría el marido.

Justino, que era apenas un muchacho pero entendía la situación entre sus padres, ayudó a los dependientes a cumplir las órdenes de Sarita y le acercó a Justiniano los productos que se vendían en su parte del local. Su padre no pudo mirarlo a los ojos.

A media mañana, Sarita dejó a una de las muchachas a cargo de las ventas y se fue para adentro, controló a los chicos, que hacían las tareas de la escuela o jugaban, atendidos por una mujer que hacía de niñera y ayudaba en las tareas domésticas a cambio de casa y comida.

– Imelda, a partir de hoy vos y la cocinera van a recibir un sueldo, y te quiero ver ir los domingos al baile del club, porque no te vas a quedar para vestir santos y limpiarles la mierda a mis hijos para toda la vida, ¿entendiste?

– Sí, Doña Sara, como usté diga, Doña Sara – dijo Imelda, que había escuchado la perorata que Sarita le dedicó al primer cliente.

Y pasó por la cocina. La cocinera era una negra azabache, gorda como una ballena y buena como el pan, que cocinaba para la venta y la familia. Se reía todo el tiempo y de todas las cosas. Tanto había sufrido que sólo la risa podía sostenerla.

– Vamoj a tené huevoj colgao, parece… ¿no, Ña Sara? – Y soltó la carcajada mientras seguía amasando los fideos.

– No tantos, Amaranta, ¡no tantos… como yo quisiera! – le respondió Sarita y se plegó a la risa de la noble mujer.

Al mediodía, se tendió la mesa como siempre: Justiniano en la cabecera opuesta al fogón y todos los hijos, dependientes y sirvientes alrededor, según iban llegando. Pero esta vez Sara se sentó en la cabecera opuesta e hizo sentar a Justino a su derecha y a continuación los demás hijos varones y todas sus hijas mujeres a su izquierda. Así quedaron los puestos determinados y en definitiva, Justiniano se encontró rodeado de extraños y con su familia del lado opuesto.

La cara de Sarita sanó y recuperó su belleza en pocos días, cuando ya el almacén había tomado un ritmo distinto. Los clientes se habían acostumbrado que el mayoreo se despachaba por la izquierda, al fondo del playón; las compras minoristas en el local principal y si querían una copa, una botella de vino o algún fiambre, pasaban al boliche, ya no por la arcada sino saliendo y entrando por la otra puerta. Los dependientes no aceptaban a los borrachos en el almacén y los devolvían al lugar del que habían salido, el boliche de Justiniano, quien se hacía cargo de despedirlos o servirles otra ronda, según su criterio. Se habían habilitado las libretas de fiado a los clientes conocidos y reclamado las deudas a los morosos, en dinero, trabajo o especies. Las cuentas de uno y otro local se manejaban por separado, aunque los dependientes servían a uno y otro patrón según la necesidad de cada momento.

Justiniano seguía durmiendo en la pieza del fondo y tomaba mate solo al amanecer en el boliche, porque Sarita desayunaba café con leche con las mujeres en la cocina, donde él sabía que no era bienvenido. Se instaló un calentador Primus detrás del estaño y allí calentaba el agua. Cuando Sarita se iba a la trastienda o a las habitaciones de la familia, él le pedía a los dependientes, asomándose por encima de los cajones de sueltos, que le alcanzaran un poco de yerba.

Los rumores corrían por todo el pueblo. Las mujeres juraban que el matrimonio estaba disuelto y las más jóvenes vaticinaban que Sarita terminaría expulsando a Justiniano no sólo del dormitorio y de la casa sino también del negocio, cuando encontrara un hombre de su edad que la hiciera feliz.

Lo cierto es que nadie sabía nada y menos por boca de Sarita, que en realidad no tenía más amigas que Imelda y Amaranta, que la ayudaban a criar a sus catorce hijos, pero con las que no podía hablar de lo que sentía o de lo que pensaba hacer, porque lo primero era muy complicado y lo segundo, lo iba inventando a cada paso.

Lo cierto es que Sarita nunca cerró la tranca de la pieza y guardó tan bien la muñeca de trapo que nunca volvió a encontrarla hasta que nació su primera nieta. No tenía pretendientes ni quería tenerlos. Sólo quería el respeto de la gente y lo consiguió, porque todos ya la respetaban antes de llamarla Sara.

Sostuvo un equilibrio maravilloso desde atrás del mostrador entre criados, dependientes, empleados, hijos, proveedores y clientes y aprovechó para hacer tanto bien como pudo. Cobraba más caro a los que podían pagar y perdonaba deudas a los desesperados. Cambiaba productos por tareas y favores, así que el suyo fue de los primeros locales en tener teléfono y como consecuencia, reparto a domicilio. Renovó las estanterías con la deuda del carpintero y les cambió a los albañiles el piso del playón de las carretas por lo necesario para alimentar a sus familias mientras estuvieran trabajando. Sabía que el carpintero debía en ginebra más de lo que valían su trabajo y que los albañiles trabajaron tan despacio como pudieron, pero el negocio prosperaba y entre ella y Justiniano, aunque había pocas palabras, había muchos acuerdos.

Justiniano jamás llamó a su puerta, aunque infinidad de veces se acercó y apoyó la mano en las maderas, mientras ella contenía la respiración del lado de adentro, deseando que su marido golpeara aunque fuera una sola vez. Pero él se retiraba con un nudo en la garganta y los ojos llorosos y se iba para el fondo, a dormir en su celda.

Pasaron los veranos y los inviernos y la casa mejoraba, prosperaba el almacén y crecía la posada con más cuartos, empleados y sirvientes.

Paulino, el hijo de Rosa que estaba criando Luisa, trabajaba para ellos acarreando hacia Brandsen o haciendo el reparto y a veces tenía que ir a buscar a Julio, que se quedaba dormido sobre la mesa del boliche, después de varias cañas. Otras veces se encontraba allí con Paulo, su verdadero padre, al que llamaba por su nombre, porque le decía “tata” a Julio desde que había aprendido a hablar.

Cuando se armaban los bailes para el 25 de mayo o el 9 de julio venían Luisa y Margarita, la vecina, que por supuesto no bailaban, pero no se perdían un baile en el que Paulo participara y Paulo no se perdía oportunidad de bailarse varias zambas, más de una chacarera y un malambo, dejando un tendal entre el mujererío fascinado.

Paulo se había hecho amigo de Justino, aunque el muchacho era varios años menor. Se lo llevaba con él en sus andanzas por el campo, donde le enseñaba cosas que no podía aprender de Justiniano.

Una noche, en el burdel de Donato Procasto, frente a la Estación de Burzaco, la policía hizo una redada buscando a Paulo y se encontró con Justino. Quedó cara a cara con el Comisario que lo conocía bien como compañero del fugado. Algunos dicen que cambió con el Comisario alguna palabra fuerte, otros que lo encontraron armado, cosas que era suficientes para justificar un arresto.

Lo llevaron preso y al día siguiente, cuando Sarita fue a buscarlo con sus hijos por todo el pueblo y los arrabales, lo encontraron muerto, tirado en una zanja, ahogado en su propia sangre, golpeado y cortado de una manera atroz. Sarita enloqueció de dolor y desesperación, besaba y abrazaba a su hijo mientras gritaba y lloraba, sacudiéndolo para que despertara.

Paulo entró por la parte de atrás de la casa la noche del velorio, pero Sarita no lo dejó llegar al cajón a despedir a su amigo muerto:

– Paulo, yo sé que usted no tiene culpa, pero no es bienvenido en esta casa.- Y Paulo salió por donde había venido, sabiendo que sin Justino, tenía la espalda descubierta.

Cuatro días después del entierro de Justino, Sarita salió de su cuarto al amanecer y abrió de nuevo el Almacén de Ramos Generales. Estaba tiesa, enfundada en su vestido negro. Tenía los ojos más hinchados que cuando Justiniano la castigaba, pero arremetió con la escoba contra la mugre y todos la siguieron, menos Justiniano, que continuaba encerrado en el fondo.

Cuando el negocio estuvo en marcha y recibió el pésame de los clientes más veces de las que imaginó que podría soportar, se fue para el fondo de la posada, entró en la pieza de su marido y abrió la ventana de par en par. El hombre que encontró era un viejo mugriento y despeinado que lloraba inconsolable. Se sentó a su lado y lo abrazó y lloraron juntos largo rato. Cuando pudieron recuperar el aliento se besaron como hacía años que no se besaban. Ella le arregló los cabellos y le dijo:

– Vamos, viejito, tenés que cebarme mate – y se levantó, volcó agua en la jofaina centenaria y buscó una toalla para lavarle la cara.

Justiniano estuvo vestido y afeitado en un rato y cuando terminaron con la tarea, se sentaron lado a lado en la cama.

– Sara, ¿por qué ahora, después de tantos años…?

– Porque fuiste un tonto y no escuchaste: lo único que tenías que hacer era pedirme perdón a mí, no a Dios… Pero no hablaste… Yo ya te perdoné hace mucho y ahora con lo que pasó, eso ya no significa nada. Ya no hay nada que pueda dolerme más. Y no quiero a nadie más que a vos. Sólo si estás vos voy a poder soportarlo.

Y salieron los dos de la mano hacia el frente de la casa, atravesando el patio con malvones, el pasillo, la trastienda y se soltaron sólo para entrar cada uno por su puerta a su parte del local. Al rato, el mate pasaba por encima de los cajones de suelto, del boliche al almacén y del almacén al boliche, hasta que los dependientes que hacían el traslado de la calabacita humeante llegaron a la conclusión de que entre uno y otro mostrador, iban a tener que abrir un agujero.

Como un año después, murió el Comisario. No se supo bien por qué, ni en qué circunstancias.

El expediente fue caratulado como “muerte sospechosa” y corrieron los más variados rumores. Que había sido un suicidio, que un asesinato, que un asunto pasional, que una venganza. Un asunto muy turbio. Tardaron las voces en acallarse, pero los que más sabían del caso, vincularon algunos datos: le habían cortado los testículos, que nunca aparecieron y Doña Sara había dejado ese mismo día el luto por su hijo muerto.

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