Promediando el año


Y el año empezó. Y siguió. Y ya está promediando.
Y yo sigo aquí, detenida como en esas películas en las que para dar sensación del paso del tiempo se muestra la evolución de la luz y las sombras en una vista del cielo o del paisaje.

Las nubes corren, el cielo se oscurece mientras el sol se escapa entre las montañas. Aparecen las estrellas y se las ve girar en la imagen, entre la quietud de las estructuras fantasmales que trazan en el horizonte las rocas dentadas. La imagen parece tragarse la noche y finalmente amanece. Otra vez.

Amanece violeta, como en la imagen que mi mente retiene del amanecer.

Será que no estoy rejuveneciendo.

Será que a pesar de que en mi mente todavía tengo la juventud que me impulsó a las más variadas batallas cotidianas, la experiencia hace que el día sea cada vez más inevitable, la noche más certera y la mirada de los otros más previsible.

Hace un tiempo atrás conocí a alguien que podía predecir el futuro. Con una certeza extrema e inexplicable, podía anticipar con exactitud qué diría una persona en un plazo arbitrario pero razonable, cómo reaccionaría en una determinada situación hipotética, qué actitudes o acciones pondría en marcha ante determinadas circunstancias.

No paraba de maravillarme. Como si estuviera en medio de una función de circo, apostaba en su contra y perdía con una precisión estrepitosa. No importaba mucho quién era el sujeto de prueba. No influía su edad, su orientación sexual o su empleo. Nada quedaba fuera de consideración, pero nada era de importancia crucial a la hora de hacer la predicción.

Un tiempo antes de morir esa persona me dijo que su habilidad era sólo fruto de la experiencia. Que no había nada de maravilloso, fantástico u oculto. Que sólo el haber transitado la vida sin dejar pasar detalle, le había otorgado el don.

También me habló de la maldición, del tedio que suponía que no hubiera sorpresas. De la infelicidad que sobrevenía con esa habilidad: la pérdida de la ingenuidad, el extravío del asombro. Y con ello, la imposibilidad de disfrutar y sufrir.

La calma que antecede a la muerte, la vejez. Cuando la vida se hace tan poco novedosa como el mismo paso del tiempo, como la rutina diaria. Con ella llega la posibilidad de saber (porque ya ha pasado tantas veces antes) qué pensarán, dirán y harán los demás.

Espero que este año que está promediando me depare algunas sorpresas y me regale algún asombro. De esos lindos, de los que nos hacen recuperar las ganas de confiar y vivir.

No vaya a ser cosa que tenga que trabajar de pitonisa por el resto de mi vida…

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