ORTOGRAFÍA Y DISLEXIA

Una vez, al devolver un escrito que debía corregir, el autor se disculpó por los errores ortográficos diciendo:

— Lo que pasa es que soy disléxico…

No hace falta decir que le mostré dos aspectos de su actividad escritora: desde que existen los programas de escritura con corrector ortográfico, pocos errores que comúnmente comenten los disléxicos pasan inadvertidos y, además, la dislexia no tiene nada que ver con el uso de las comas, las líneas de diálogo o la coherencia textual.

Sí, ya sé, soy una anticuada, pero no, cuando era chica los dinosaurios no andaban sueltos por la calle, ni conocí a Sarmiento en persona en la escuela secundaria, lo juro.

Lo que me pasó solamente (o sólo, así, con acento) fue que en la escuela primaria que yo cursé, una de las metas era llegar a fin de año sin cometer errores ortográficos. En la secundaria, la meta era lograr una sintaxis correcta. Y juro también que ambas cosas sucedieron en el siglo XX.

Me parece poco feliz que en “La Era de la Comunicación”, cuando la humanidad valoriza el mantenerse en contacto con los demás, se haya abandonado la importancia de la ortografía y la sintaxis, que son grandes inventos para homologar el sentido del mensaje entre el emisor y el receptor. Una suerte de “acuerdo”, una convención maravillosa.

Me voy a copiar algunos ejemplos de los libros: No es lo mismo decir fabrico que fabricó, ni da igual decir libre que libré, ni significan lo mismo callo que cayo.

Ni hablemos de la pobre hache, que tan desmejorada está… ¡Ay! no es lo mismo que Hay, aunque duele ver escrito la referencia a que algo existe, como si fuera un grito.

Sin intención de meterme en el nuevo “lenguaje igualitario” que tiene un significado político esclarecedor, en el que “les chiques” son criaturas de cualquier sexo anatómico, sí me parece ridículo modificar no sólo el decir, sino el escribir, donde me parecería más honesto dejar en claro que en el grupo hay un transexual, dos lesbianas, un heterosexual y tres bisexuales, para denominar como corresponde a un grupo políticamente inclusivo. Todo lo demás, para mí, es puro encubrimiento de una realidad verdaderamente diversa.

Dejando de lado mi faceta pedagógica, abogo por el correcto uso de la ortografía y la sintaxis para la comprensión exacta de los mensajes que quiero hacer llegar a otro que, para mí, tiene valor y merece mi respeto como destinatario de mi mensaje… Transcribo una conversación por WhatsApp, esa aplicación de la telefonía celular que nos mantiene “comunicados”:

—Hola,Como estas? Mi mama Pregunta Si Mañana Tiene que Ir A Trabajar?

—Sí, el médico le dio el alta.

—Tiene un papel nomas! El papel que ella te llevo,es el alta Ella le dejo el papel a tu hija!

—Ya lo sé, lo tengo yo, por eso te digo que tiene que venir a trabajar (si quiere, por supuesto).

Más allá de la dificultad de comprensión de mi interlocutor, que podría deberse a su escasa preocupación por el tema o a un estado de desconocimiento de la situación sobre la que hablábamos, creo que ignoró completamente la coma en mi primera respuesta. No la vio, no advirtió cómo modificaba la entonación de la misma frase, dicha con o sin ella.

De más está decir que mi perplejidad tenía más que ver con la presencia de las mayúsculas innecesarias y la ausencia de los espacios imprescindibles, que con la habilidad para entender lo que estaba leyendo… ¿Acaso mi empleada no sabía qué significaba el papel que trajo a casa? Decía claramente (con letra de médico, claro, pero entendible) que podía “retornar a sus tareas laborales habituales”. Comprender lo que se lee no sólo tiene que ver con lo que “dice” el papel, sino “lo que quiere decir” el que lo escribió.

Y regreso a la escuela. Ya nadie les lee a los niños ni a los adolescentes. Ya nadie les pone un libro entero en sus manos para que lean textos bien escritos, ni les enseñan a usar un diccionario (ni siquiera para buscar las “malas palabras”). La lectura se ha desperdigado en fotocopias y páginas de internet, que sólo reproducen fragmentos, como un cristal roto, espejos parciales que no permiten la construcción del sentido total.

Eso ha provocado que la escritura esté desvalorizada, al punto de perder su cálida intención de “decir algo a alguien”, en la intimidad del “vos y sólo vos leés esto, que yo te escribí sólo para vos”.

Claro que existen los e-books y los audio-libros, pero todavía no son de difusión masiva y la escuela está lejos de emplearlos como recursos formadores de lectores inteligentes.

En un país productor de grandes escritores, nuestros jóvenes jamás leyeron un cuento de Borges o de Cortázar, no saben quiénes fueron María Elena Walsh (o la confunden con Manuelita) ni Roberto Fontanarrosa (aunque tal vez hayan visto alguna vez a Inodoro Pereyra). No saben distinguir un buen poema de un aforismo barato, no conocen a los argentinos que publican actualmente, a no ser que vean las películas que se filman a partir de sus novelas, sin saber que antes, fueron textos premiados… porque estaban bien escritos.

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