Leer… y escribir

Desde hace un tiempo unos blogeros amigos están posteando entradas en una revista digital que tiene un tema en común (la verdad es que no sé si se han puesto de acuerdo…, cuando les llamo “amigos” no es porque cene todos los sábados con ellos, sino que los leo a diario).
Todos están hablando de la lectura. Como un acto conciente, como una actividad de la infancia, como un hábito deseable, como un tipo de “competencia” que se perfecciona y desarrolla…
Andan revisando sus aristas históricas, filosóficas, sociales, pedagógicas…

A mí me ha preocupado siempre (y mucho) la lectura.
Desde muy chica tuve libros, revistas y diarios a mi disposición, para leer cuando quisiera. Mis padres jamás me impidieron leer algo porque no fuera “apropiado” para mi edad y en ese Jardín de las Delicias leí cosas que no entendí hasta muchos años después o hasta después de acribillar a preguntas a mi mamá, que respondía con infinita paciencia. Amaba su diccionario, el “Pequeño Larousse Ilustrado” que de pequeño no tenía ni medio, pero me abría los ojos al universo.

Los días de lluvia mamá ponía papeles de diarios en los pisos, para que al entrar no estropeáramos su trabajo de sacar lustre a pulmón a las baldosas negras. Y mi hermana y yo nos inclinábamos para poder leer alguna noticia que se nos había escapado, o releer alguna columna de opinión que nos gustara… Parecíamos cigüeñas pescando, sin duda, tanteando entre piedras y crustáceos en la arena…

Convencida de que sólo la lectura hace más inteligentes a las personas, cuando fui madre, lo primero que puse en las manos de mis hijos fueron libros.
Comenzando con los cuentos o los cancioneros, para que vieran las ilustraciones mientras les leía o les cantaba al acostarlos, hasta mis propios libros adorados, cuentos y novelas que todavía tengo en la biblioteca. Vivir en mi país, lleno de músicos y escritores maravillosos hizo mi trabajo mucho más fácil: mis hijos son dos personas muy inteligentes.

Pero en los artículos que he leído se cuestiona a la lectura en formas en las que nunca me había planteado. Se habla de la gente que lee porque cree que los que leen mucho son más “intelectuales” que los que no leen tanto… como si el número de libros leídos les diera un puntaje en una escala de méritos. Yo jamás llevé la cuenta y no me voy a poner ahora a hacerla (me restaría tiempo para leer). Me parece ridículo estimar el valor de la gente por los libros que ha leído. En mi breve estancia en el norte he conversado muy intensamente y con mucho placer con personas del pueblo Wichi, que jamás han tocado uno… y me parecieron grandes intelectuales.

También se cuestiona si lo que se publica es lo “bueno” o sólo lo que responde a intereses del mercado editorial… ¿Acaso el mercado no sigue los gustos del público? Y si al público le gusta lo “mediocre”, ¿qué editor publicaría otra cosa? Sólo un chiflado. Esa crítica subestima al público… y a los editores. La venta de libros es un negocio, igual que una verdulería. Si yo le pido a la verdulera lechuga y no tiene, me voy a otro negocio a comprarla. Así que, como mi verdulera es inteligente, trae lechuga fresca todos los días. Y cuando voy a comprar, me sugiere que tal vez mi ensalada necesite alguna zanahoria y un tomate. Y no deja de recordarme lo bien que queda con un huevito duro picado, para que le compre también media docena de huevos. ¿No será que lo que nos faltan son buenos vendedores de libros?

Y llegamos al punto que más me interesa. En estos artículos se pone también en cuestión la calidad, cantidad y tipos de lecturas que tenemos hoy en día a nuestra disposición. Para mi placer, hay muchísimo más acceso del que había cuando yo me transformé en “lectora”: ahora se puede leer en bibliotecas virtuales, conseguir libros para leer en pantalla en cantidades monstruosas, acceso a casi todo lo publicado en forma gratuita o a precios muchísimo más bajos que los de hace pocos años atrás. ¿Que no todo es “bueno”? ¡Por supuesto! Pero tampoco todos los libros que había en la biblioteca de mi pueblo, ni los que se vendían en la librería eran “buenos”… La que iba con la lista de lo que quería encontrar, era yo. Nadie me obligaba a leer por anaqueles o a comprar lo que estaba en oferta.

Conclusión: No hay lector sin escritor. No hay buenos lectores sin buenos escritores. No importa si es papel, papiro o pantalla led: la historia tiene que ser buena (o sea, el escritor tiene que saber escribir) y el tipo tiene que saber leer…

¿Qué? ¿Me preguntan a mí? ¿Y qué quieren que les conteste? ¿Lo mismo de siempre? Bueno, ahí va:

Necesitamos que en la escuela primaria se enseñe a leer y escribir.

¿Están conformes? Ya lo dije de nuevo… Después no me digan que siempre repito lo mismo.

 

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