Destacado

Concurso de Poemas de Amor…

Hola, amigos!
Saben que desde hace un tiempo no escribo… y los que son mis amigos saben bien por qué.
Pero he recibido un mail de la página Zenda, anunciando su Concurso de Poemas de Amor y no pude resistirme, así que aquí les envío la obra con la que quiero participar.
Espero que la lean y me envíen sus comentarios, como siempre.
¡Gracias a todos!

Perdida de amor en la playa

Siempre detrás de tus pasos
mis pisadas sobre tus pisadas
mis huellas hundidas en tus huellas,
la marea del olvido
las borró de la arena.

En el esfuerzo de seguir tu camino
perdí la voluntad de encontrar el mío
y mi senda quedó desierta
de mis pasos perdidos.

El rugido del viento en mis oídos
me impedía escuchar
el reloj que marcaba el final,
un final tan lejano
que parecía silencio.

Y ahora estoy sentada
en esta playa sola.
Y por primera vez veo cómo
inevitable y lento,
se pierde el sol detrás del horizonte.

Al ritmo de las olas lo traga un mar
del que sólo tengo
arena y espuma entre las manos.

Adriana Cogliandro – 2018.

Destacado

De vuelta al ruedo…

He modificado cosas… No sólo en el blog, por supuesto.

Pero hablando de lo que nos ocupa hoy, lo que cambié es el aspecto de la portada, para que nos comuniquemos mejor.

Y realmente espero que comenten qué les parece… porque ustedes, amigos, son los únicos que podrán decirme la verdad en la cara (o en la pantalla, bah…).

Estuve recorriendo otros sitios en los que el aspecto visual es maravilloso, blogueros que ponen fotos divinas y escriben como los dioses… y cuanto más miro, más chiquita me siento… Y no se crean, eso hace bien, ¡porque por lo menos para alguna cosa no soy un vejestorio! ¡Tengo mucho que aprender!

No me imaginé que empezar a esta edad (como decían las viejas cuando yo era joven) me iba a resultar tan difícil, pero eso sólo demuestra que no he perdido mi capacidad de asombro ni mi sed de aventuras.

Y dejo especificado que mi “sed de aventuras” sólo se limita a que mis escritos recorran el mundo, porque a mí viajar no me gusta nada. Soy como el Jardinero de María Elena Walsh: necesito sentir que mis pies tienen raíz.

Admiro (y envidio en secreto, shhh!) a los que hacen un bolsito y se toman un avión a la Cochinchina o se cargan la carpa y el mate en el auto y pertrechados sólo con un mapa, emprenden lo que después llaman “unas deliciosas vacaciones”. Tengo amigos así. Igual los amo, si no me muestran las fotos del viaje en la pantalla de la compu durante dos horas, a la vuelta de su “aventura”.

A mí los viajes no se me dan. O me pasa de todo, o gasto toneladas de plata que después lloro amargamente frente a los resúmenes de las tarjetas de crédito, o ambas… ¿Les conté alguna vez? Tal vez lo haga…

Ahora les toca a ustedes. “¡El último cola de perro!”, gritábamos al salir al recreo cuando estábamos en la primaria.

¡Hasta luego!

Destacado

Capítulo 4

Sarita

otra llegada de barco

El Club de Pelota Paleta de Burzaco había empezado como una simple cancha de bochas en la parte posterior del Almacén de Ramos Generales de Justiniano Dalponte.

El almacén había sido el centro comercial a mediados de siglo, pero la llegada del tren lo dejó en las afueras, desplazado hacia la zona de carretas, cerca del Camino de las Tropas. Justiniano había perdido clientes, pero su extraordinaria iniciativa lo puso de nuevo en el centro del comercio local cuando construyó unas piezas bordeando el patio, que servían de refugio y de lugar de descanso para los quinteros que traían sus cosechas hacia la estación de trenes y para los viajantes que promocionaban y distribuían los más variados productos manufacturados en el nuevo cordón industrial que se formaba alrededor de la Capital. Esto generó que la ruta de salida hacia las afueras doblara caprichosa en dirección al almacén y desde allí volvía a enderezarse hacia Brandsen y La Plata, que se empezaba a construir por el sueño loco de Rocha.

Justiniano Dalponte jamás imaginó que la geografía podía manipularse de esa forma, pero sabía que si no hacía algo pronto el tren lo iba a ahogar en barro.

Los amigos protestaron porque la cancha de bochas quedó estropeada por la construcción, pero el tano Dalponte los consolaba sirviéndoles unas rondas gratis de ginebra en el estaño y les dio la idea de tomar unos terrenos baldíos, linderos al ferrocarril, para hacer la nueva cancha y montar un club como la gente, con lugar para hacer bailes y reuniones, generando lo que luego sería su venganza, cuando la empresa de trenes se encontrara con que sus terrenos habían sido ocupados por una entidad de bien público, propiedad de la comunidad, a la que no podrían cobrarle ni la energía eléctrica que habían robado de sus líneas.

Mientras tanto, Justiniano miraba de reojo qué hacía su mujer en la sección contigua del almacén, donde se vendían los comestibles.

Sarita tenía propensión a fiar a las mujeres más pobres y Justiniano trataba de evitar ese dispendio, sabiendo que los pobres pocas veces pagaban las cuentas, sobre todo si se habían quedado sin trabajo o sin tierra. Las trifulcas en la trastienda eran famosas y siempre terminaban con la cara de Sarita amoratada por la ruda mano del esposo, que no era malo, pero sí muy bruto.

Tenían catorce hijos. Cuando Sarita no estaba pariendo, atendía el almacén y si no estaba tras el mostrador, era porque estaba pariendo. Doña Ana llegaba un día antes a sus predicciones de parto, se alojaba en uno de los cuartos de la posada y ponía a hervir los instrumentos. Esa noche o a más tardar al día siguiente, Sarita daba a luz a un niño o una niña. Al final del otro día, Doña Ana se iba de vuelta para su casa, recomendándole que no volviera a trabajar por dos días. Pero Sarita no le hacía caso, colgaba al recién nacido de un arnés que lo mantenía cerca de su pecho y al alba marchaba por el patio repleto de malvones y empezaba a barrer la mugre de dos días del salón del despacho de bebidas.

Enseguida Justiniano se sumaba a la limpieza mientras cebaba unos mates para los dos, caminando desde el fogón hasta el local, cada vez, cada mate, manteniendo la yerba en buen estado y el agua bien caliente. Miraba a Sarita con tanta ternura que nadie podía imaginarse en ese momento que ese hombre era el mismo que le había sacudido el sopapo pocos días antes y que volvería a castigarla pocos días después.

Ella era una mujer fuerte y gruesa, había acumulado algunos kilos después de tantos hijos, pero todavía era bonita y codiciada por más de uno de los paisanos que asistía al boliche a tomarse la caña o la ginebra al final de la jornada.

Entre los que asistían con regularidad estaban el marido de Doña Ana, que se hacía el recorrido en el coche de un caballo sólo para visitar a su amigo Justiniano todas las tardes y participar en algún desafío de truco de los que se organizaban entre la concurrencia, en los que Nicanor tenía más suerte que ninguno.

También se acercaba el tambero, que tenía tres hijas preciosas, para recordar viejos tiempos. Giuseppe y Petra habían compartido parte de su infancia en Italia con los padres de Dalponte y habían viajado juntos hacia América en el mismo barco que él y aunque eran mayores que Justiniano, lo apreciaban como a un hermano.

De hecho, Sarita era la sobrina Giuseppe y sólo un poco mayor que sus hijas. Sus padres habían muerto cuando ella era todavía muy joven y la habían dejado al cuidado de Justiniano, que no la miraba como un padre desde hacía tiempo y quien decidió que la mejor manera de cuidarla era casándose con ella.

Así Sarita pasó a ser la señora del almacenero antes de abandonar la muñeca de trapo, que todavía conservaba y ponía sobre la cama de hierro cuando quería darle a entender a Justiniano que esa noche no habría sexo.

Sarita todavía era joven cuando Justiniano ya peinaba canas y a él empezaron a roerle el cerebro las miradas que los hombres le dedicaban a la robusta matrona que trabajaba de sol a sol criando hijos, atendiendo el menudeo y organizando la pequeña cuadrilla de dependientes y cargadores que trabajaban en el puesto.

Un verano bochornoso, Justiniano se pasó de la raya y le dio a Sarita una paliza que la dejó desmayada. Un parroquiano alto y rubio, con cara de gringo, se había acodado en el mostrador y le daba charla a la patrona, mientras compraba vaya a saber Dios qué cosa que necesitaba ser pesada en la balanza de resorte. Sarita se agachaba a tomar del cajón de suelto el producto y lo llevaba en una bolsa de papel a la balanza. Justiniano vigilaba. Cada vez que se agachaba, el inglés seguía el trasero de la mujer, que quedaba expuesto en su amplitud a la mirada, debajo de las siete enaguas y la pollera clara. Un borrachín de los que tenía abono a partir de las tres de la tarde y que seis y media ya estaba pidiendo la próxima ginebra con la lengua atorada, vio el gesto del inglés y alertó a su paisano, que no necesitaba más para explotar de furia:

– Parece que te quieren soplar la mina, compadre. Eso le pasa a los viejitos que quieren carnear tierno…

Justiniano arrolló todo lo que encontró a su paso: el dependiente, la bolsa de harina y tres o cuatro sillas que con seguridad estaban ocupadas. Tomó al gringo de la parte posterior del cuello de la camisa y del trasero y lo tiró en el playón de entrada del local, en medio del barro y la bosta de caballo. Volvió a entrar hecho una brasa y arrastró a su mujer a la trastienda.

Cuando Sarita despertó, estaba tendida en su cama, con un pañuelo mojado en agua fresca en la frente y en sus brazos estaba la muñeca de trapo. A los pies de la cama, Justiniano lloraba como un niño y entre sollozos rogaba a Dios por su Sarita y suplicaba perdón. La pobre mujer se levantó, moviendo con esfuerzo su cuerpo dolorido y se asomó al espejo que tenía sobre la cómoda. La cabeza le estallaba, tenía los ojos morados, los pómulos hinchados y una herida en el labio que le había limpiado Justiniano, pero que lucía como una flor granate a punto de abrir.

– ¡No es Dios el que tiene que perdonarte, animal! ¡Fuera de mi cama, fuera de mi cuarto! ¡Nunca más te atrevas a ponerme una mano encima o te quedás sin cojones!

Sarita hablaba en serio. Al amanecer del día siguiente empezó el desalojo. Sacó toda la ropa de Justiniano del ropero y la tiró al medio del patio de los malvones, tiró encima la jarra y la jofaina que habían sido de su suegra y llevó a su cuarto un jarro y una palangana de lata de las que vendían en el almacén. Vació los cajones de la cómoda con las pertenencias de su marido sobre la pila y sobre ella tiró el lazo de cinta blanca que había adornado su cabello el día del casamiento.

Justiniano, que había dormitado apenas en una silla en el cuarto de los hijos varones, salió al patio recién cuando su mujer marchó con la escoba hacia el almacén, temeroso de que en su arrebato, Sarita lo moliera a palos. Juntó sus cosas y las acomodó como pudo en el último cuarto del fondo de la posada.

Puso el agua a calentar y empezó el mate. Cuando llegó al boliche para ayudar en la limpieza, Sarita no lo miró. Tenía el mate en la mano, tendido hacia ella, pero ella todavía no lo miraba.

– Sarita, el mate…- susurró.

– Desde hoy me llamás Sara o no te atrevas a hablarme – y con la punta de la escoba tiró el mate de la mano de Justiniano, estrellándolo contra el piso.

Cuando el primer cliente entró, saludó como siempre:

– ¡Buen día, Sarita! ¿Me da un kilito de yerba, por favor? – Sarita le contestó con la cara hinchada y el corazón repleto:

– Mire señor, de aquí en adelante, usted y todos en este mundo me llaman Sara y por Dios le juro que si no lo hacen, se van a encontrar los huevos colgados de mi soga de la ropa. ¿Qué quería?

– Un kilo de yerba, Doña Sara… y disculpe, yo no quería faltarle… – apenas con un hilito de voz le acertó el paisano a las palabras. Bajando la cabeza sacó unos billetes arrugados del bolsillo, los puso sobre el mostrador, tomó la bolsa que había cargado Sarita y se fue despacio, agregando desde la puerta un tembloroso buenos días, sin siquiera darse vuelta a mirarla.

Satisfecha, Sarita giró sobre sus talones y se fue otra vez para la trastienda y desde allí, cruzando el patio, hasta la pieza en la que dormían sus hijos varones. Despertó a Justino, su hijo mayor, para que pusiera una tranca del lado de adentro de la puerta de su cuarto. Cuando Justino terminó, ella barrió la viruta hacia fuera y volvió a su tarea de enderezar las cosas en el despacho.

Reunió a los dependientes y dio las instrucciones: el cajonero de los sueltos se acomodaría en la arcada que comunicaba al almacén con el boliche, para cerrar el paso de los parroquianos desde el boliche hacia el almacén. Las bolsas de mayoreo se acomodarían en la parte opuesta, cerca de la ventana que daba al playón de arribo de las carretas. Del lado de afuera de la ventana se acomodarían unas maderas para hacer una tarima que permitiera descargar con más facilidad las bolsas de las carretas y volcarlas hacia adentro del local. Las dos mujeres se encargarían de la venta minorista y los muchachos controlarían la carga y descarga de las carretas a través de unos papeles en los que ella les daría por escrito lo que tendrían que cargar para cada cliente. Ella se instalaría en el mostrador y se ocuparía de cobrar todas las ventas y pagar todas las compras, salvo las que fueran para el boliche, de las que se encargaría el marido.

Justino, que era apenas un muchacho pero entendía la situación entre sus padres, ayudó a los dependientes a cumplir las órdenes de Sarita y le acercó a Justiniano los productos que se vendían en su parte del local. Su padre no pudo mirarlo a los ojos.

A media mañana, Sarita dejó a una de las muchachas a cargo de las ventas y se fue para adentro, controló a los chicos, que hacían las tareas de la escuela o jugaban, atendidos por una mujer que hacía de niñera y ayudaba en las tareas domésticas a cambio de casa y comida.

– Imelda, a partir de hoy vos y la cocinera van a recibir un sueldo, y te quiero ver ir los domingos al baile del club, porque no te vas a quedar para vestir santos y limpiarles la mierda a mis hijos para toda la vida, ¿entendiste?

– Sí, Doña Sara, como usté diga, Doña Sara – dijo Imelda, que había escuchado la perorata que Sarita le dedicó al primer cliente.

Y pasó por la cocina. La cocinera era una negra azabache, gorda como una ballena y buena como el pan, que cocinaba para la venta y la familia. Se reía todo el tiempo y de todas las cosas. Tanto había sufrido que sólo la risa podía sostenerla.

– Vamoj a tené huevoj colgao, parece… ¿no, Ña Sara? – Y soltó la carcajada mientras seguía amasando los fideos.

– No tantos, Amaranta, ¡no tantos… como yo quisiera! – le respondió Sarita y se plegó a la risa de la noble mujer.

Al mediodía, se tendió la mesa como siempre: Justiniano en la cabecera opuesta al fogón y todos los hijos, dependientes y sirvientes alrededor, según iban llegando. Pero esta vez Sara se sentó en la cabecera opuesta e hizo sentar a Justino a su derecha y a continuación los demás hijos varones y todas sus hijas mujeres a su izquierda. Así quedaron los puestos determinados y en definitiva, Justiniano se encontró rodeado de extraños y con su familia del lado opuesto.

La cara de Sarita sanó y recuperó su belleza en pocos días, cuando ya el almacén había tomado un ritmo distinto. Los clientes se habían acostumbrado que el mayoreo se despachaba por la izquierda, al fondo del playón; las compras minoristas en el local principal y si querían una copa, una botella de vino o algún fiambre, pasaban al boliche, ya no por la arcada sino saliendo y entrando por la otra puerta. Los dependientes no aceptaban a los borrachos en el almacén y los devolvían al lugar del que habían salido, el boliche de Justiniano, quien se hacía cargo de despedirlos o servirles otra ronda, según su criterio. Se habían habilitado las libretas de fiado a los clientes conocidos y reclamado las deudas a los morosos, en dinero, trabajo o especies. Las cuentas de uno y otro local se manejaban por separado, aunque los dependientes servían a uno y otro patrón según la necesidad de cada momento.

Justiniano seguía durmiendo en la pieza del fondo y tomaba mate solo al amanecer en el boliche, porque Sarita desayunaba café con leche con las mujeres en la cocina, donde él sabía que no era bienvenido. Se instaló un calentador Primus detrás del estaño y allí calentaba el agua. Cuando Sarita se iba a la trastienda o a las habitaciones de la familia, él le pedía a los dependientes, asomándose por encima de los cajones de sueltos, que le alcanzaran un poco de yerba.

Los rumores corrían por todo el pueblo. Las mujeres juraban que el matrimonio estaba disuelto y las más jóvenes vaticinaban que Sarita terminaría expulsando a Justiniano no sólo del dormitorio y de la casa sino también del negocio, cuando encontrara un hombre de su edad que la hiciera feliz.

Lo cierto es que nadie sabía nada y menos por boca de Sarita, que en realidad no tenía más amigas que Imelda y Amaranta, que la ayudaban a criar a sus catorce hijos, pero con las que no podía hablar de lo que sentía o de lo que pensaba hacer, porque lo primero era muy complicado y lo segundo, lo iba inventando a cada paso.

Lo cierto es que Sarita nunca cerró la tranca de la pieza y guardó tan bien la muñeca de trapo que nunca volvió a encontrarla hasta que nació su primera nieta. No tenía pretendientes ni quería tenerlos. Sólo quería el respeto de la gente y lo consiguió, porque todos ya la respetaban antes de llamarla Sara.

Sostuvo un equilibrio maravilloso desde atrás del mostrador entre criados, dependientes, empleados, hijos, proveedores y clientes y aprovechó para hacer tanto bien como pudo. Cobraba más caro a los que podían pagar y perdonaba deudas a los desesperados. Cambiaba productos por tareas y favores, así que el suyo fue de los primeros locales en tener teléfono y como consecuencia, reparto a domicilio. Renovó las estanterías con la deuda del carpintero y les cambió a los albañiles el piso del playón de las carretas por lo necesario para alimentar a sus familias mientras estuvieran trabajando. Sabía que el carpintero debía en ginebra más de lo que valían su trabajo y que los albañiles trabajaron tan despacio como pudieron, pero el negocio prosperaba y entre ella y Justiniano, aunque había pocas palabras, había muchos acuerdos.

Justiniano jamás llamó a su puerta, aunque infinidad de veces se acercó y apoyó la mano en las maderas, mientras ella contenía la respiración del lado de adentro, deseando que su marido golpeara aunque fuera una sola vez. Pero él se retiraba con un nudo en la garganta y los ojos llorosos y se iba para el fondo, a dormir en su celda.

Pasaron los veranos y los inviernos y la casa mejoraba, prosperaba el almacén y crecía la posada con más cuartos, empleados y sirvientes.

Paulino, el hijo de Rosa que estaba criando Luisa, trabajaba para ellos acarreando hacia Brandsen o haciendo el reparto y a veces tenía que ir a buscar a Julio, que se quedaba dormido sobre la mesa del boliche, después de varias cañas. Otras veces se encontraba allí con Paulo, su verdadero padre, al que llamaba por su nombre, porque le decía “tata” a Julio desde que había aprendido a hablar.

Cuando se armaban los bailes para el 25 de mayo o el 9 de julio venían Luisa y Margarita, la vecina, que por supuesto no bailaban, pero no se perdían un baile en el que Paulo participara y Paulo no se perdía oportunidad de bailarse varias zambas, más de una chacarera y un malambo, dejando un tendal entre el mujererío fascinado.

Paulo se había hecho amigo de Justino, aunque el muchacho era varios años menor. Se lo llevaba con él en sus andanzas por el campo, donde le enseñaba cosas que no podía aprender de Justiniano.

Una noche, en el burdel de Donato Procasto, frente a la Estación de Burzaco, la policía hizo una redada buscando a Paulo y se encontró con Justino. Quedó cara a cara con el Comisario que lo conocía bien como compañero del fugado. Algunos dicen que cambió con el Comisario alguna palabra fuerte, otros que lo encontraron armado, cosas que era suficientes para justificar un arresto.

Lo llevaron preso y al día siguiente, cuando Sarita fue a buscarlo con sus hijos por todo el pueblo y los arrabales, lo encontraron muerto, tirado en una zanja, ahogado en su propia sangre, golpeado y cortado de una manera atroz. Sarita enloqueció de dolor y desesperación, besaba y abrazaba a su hijo mientras gritaba y lloraba, sacudiéndolo para que despertara.

Paulo entró por la parte de atrás de la casa la noche del velorio, pero Sarita no lo dejó llegar al cajón a despedir a su amigo muerto:

– Paulo, yo sé que usted no tiene culpa, pero no es bienvenido en esta casa.- Y Paulo salió por donde había venido, sabiendo que sin Justino, tenía la espalda descubierta.

Cuatro días después del entierro de Justino, Sarita salió de su cuarto al amanecer y abrió de nuevo el Almacén de Ramos Generales. Estaba tiesa, enfundada en su vestido negro. Tenía los ojos más hinchados que cuando Justiniano la castigaba, pero arremetió con la escoba contra la mugre y todos la siguieron, menos Justiniano, que continuaba encerrado en el fondo.

Cuando el negocio estuvo en marcha y recibió el pésame de los clientes más veces de las que imaginó que podría soportar, se fue para el fondo de la posada, entró en la pieza de su marido y abrió la ventana de par en par. El hombre que encontró era un viejo mugriento y despeinado que lloraba inconsolable. Se sentó a su lado y lo abrazó y lloraron juntos largo rato. Cuando pudieron recuperar el aliento se besaron como hacía años que no se besaban. Ella le arregló los cabellos y le dijo:

– Vamos, viejito, tenés que cebarme mate – y se levantó, volcó agua en la jofaina centenaria y buscó una toalla para lavarle la cara.

Justiniano estuvo vestido y afeitado en un rato y cuando terminaron con la tarea, se sentaron lado a lado en la cama.

– Sara, ¿por qué ahora, después de tantos años…?

– Porque fuiste un tonto y no escuchaste: lo único que tenías que hacer era pedirme perdón a mí, no a Dios… Pero no hablaste… Yo ya te perdoné hace mucho y ahora con lo que pasó, eso ya no significa nada. Ya no hay nada que pueda dolerme más. Y no quiero a nadie más que a vos. Sólo si estás vos voy a poder soportarlo.

Y salieron los dos de la mano hacia el frente de la casa, atravesando el patio con malvones, el pasillo, la trastienda y se soltaron sólo para entrar cada uno por su puerta a su parte del local. Al rato, el mate pasaba por encima de los cajones de suelto, del boliche al almacén y del almacén al boliche, hasta que los dependientes que hacían el traslado de la calabacita humeante llegaron a la conclusión de que entre uno y otro mostrador, iban a tener que abrir un agujero.

Como un año después, murió el Comisario. No se supo bien por qué, ni en qué circunstancias.

El expediente fue caratulado como “muerte sospechosa” y corrieron los más variados rumores. Que había sido un suicidio, que un asesinato, que un asunto pasional, que una venganza. Un asunto muy turbio. Tardaron las voces en acallarse, pero los que más sabían del caso, vincularon algunos datos: le habían cortado los testículos, que nunca aparecieron y Doña Sara había dejado ese mismo día el luto por su hijo muerto.

Destacado

Capítulo 3: Luisa

Luisa

 bebe duerme

Adentro el movimiento de las mujeres había terminado, sólo se escuchaba el rumor de sus rezos, mientras el médico y Doña Ana operaban a Rosa.

Paulo abrazó a Azucena en la cocina y la niña exhausta, se quedó dormida en sus brazos. Los varones hacía rato que dormían en su cuarto, Margarita los había acomodado en sus camas y los había arropado.

Rosa murió antes de salir el sol. Paulo no pudo llorar, ni gritar, ni entender.

Enseguida, entre su madre y Amalia habían dispuesto quién se llevaría a los chicos en función de las camas disponibles en cada casa y cómo se las arreglarían para enterrar a Rosa antes de la medianoche, porque Justino había traído la palabra del Intendente de que no mandaría a la policía antes de esa hora para buscar a Paulo, pero que no garantizaba qué haría el Comisario después.

Luisa miró al bebé, afiebrado y dormido, agotado de llorar. Tocó el brazo del médico, que lloraba vencido, con la cabeza entre las manos, sentado a los pies de la cama de Rosa. Le tocó el hombro y cuando el hombre levantó la vista, le señaló al niño. El médico sentenció:

– Déjelo morir en paz, Luisa. No le quedan más de ocho o diez horas, en el estado que está y sin la madre…

Doña Ana se acercó, besó a Luisa en la mejilla y le dijo:

– Llevalo vos… Si vive, lo vas a criar como lo hubiera hecho Rosa.

Luisa lo envolvió en su propio abrigo y salió con pasos de nube de la casa. Al pasar a su lado le dijo al marido “Vamos” y sin más explicaciones ni preámbulos, subió al carro. Margarita la seguía, apagando los faroles a su paso.

Julio no acostumbraba recibir órdenes de su mujer, que era más dócil que una esclava, pero su instinto le dijo que era mejor obedecer esta vez. Saludó sólo a los que lo rodeaban y se fue con el dolor de no haber abrazado a Paulo, a quien tanto quería, pero Luisa no le había dejado opción, había que irse a casa. Cambió dos o tres palabras con los otros hombres y se comprometió a encontrarse con ellos en la casa de Doña Ana para ayudar en el funeral y el sepelio. Ayudó a Margarita a subir a la parte posterior del carro y azotó al caballo medio dormido para ponerse en camino. Luisa ya se había acomodado en el asiento con el niño en la falda, abrigado con su mantón de lana.

El viaje en carro hasta Brandsen no era ni corto ni fácil. Las ruedas se hundían en el barro de los días de lluvia anteriores y el caballo no acertaba a encontrar una buena huella. Cuando llegaron al Camino de las Tropas el suelo mejorado facilitó la marcha y el sol entibió el aire de cristal que trae el otoño después de la última tormenta de verano.

Luisa tenía la vista fija en el camino, hacia delante y vaya a saber Dios en qué pensaba, pero Julio, que la vigilaba de reojo, no dijo en todo el trayecto una palabra y tampoco esperó que Luisa hablara. Margarita dormitaba atrás, entre los sacudones, después de una noche agotadora y triste.

Cuando tomaron el sendero para la casa, era casi media mañana y los perros se acercaron a ladrar y saltar alegres por la vuelta de los patrones.

Frente a la puerta, Luisa se despidió de Margarita y le pidió a Julio que alejara a los perros y acercara el carro lo más posible y por ese día no dio más órdenes. Es probable que no haya dado más órdenes por el resto de su vida.

Bajó con cuidado, apoyándose en el brazo grueso y fuerte de su marido y caminó sorteando charcos hasta la entrada de la cocina. Julio prendió el fuego enseguida y puso a calentar una pava de agua, preparó el mate y sacó de la despensa unas galletas duras que le gustaban a Luisa para acompañar el desayuno. Luisa, sin dejar al bebé ni un momento, acercó al fogón la mecedora, buscó unos almohadones en el cuarto y los puso en el asiento y el respaldo, recogió su mantilla del sillón y la colgó de uno de los apoyabrazos, cambió sus zapatos por unas zapatillas, encontró unos trapos limpios y puso agua fresca en un plato hondo.

Tomó el primer mate que Julio le cebó en su vida y con un pedazo de trapo empapado en agua mojó los labios del bebé, que chupó desesperado. Repitió varias veces la operación, hasta que el niño se quedó dormido.

Miró a Julio con los ojos llenos de lágrimas y le dijo:

– Vamos a llamarlo Paulino, ¿te parece?

A Julio, que le tenía un gran respeto a su concuñado y lo quería como a un hermano, la idea le pareció maravillosa y empezó a vivir los mejores años de su vida.

Llevaban casados más de seis años y no habían tenido hijos. Esas cosas del destino, decía Luisa, mientras miraba jugar a los hijos de Rosa, que paría uno todos los años pares, para no perder la costumbre.

Rosa, que quería muchísimo a su hermana menor, le decía que debía ser él el culpable, porque tanto ella como Amalia tenían ya varios hijos y no había nada diferente entre ellas tres. Luisa, discreta y pudorosa, le decía que no podía ser, que su marido no tenía ninguna culpa, que seguro el problema lo tenía ella, que no sabía tener hijos.

Rosa se reía con su risa clara y franca:

– Hermanita, para eso no hay que saber nada: el hombre llega a la cama y es él el que todo lo sabe…

Es probable que Luisa pensara ahora en todas esas charlas en el patio de su hermana: cuando iba a la casa de Rosa en las tardes de espera interminable, mientras Julio hacía algún viaje largo conduciendo el tren hacia el interior de la provincia; o cuando la dejaba a la mañana, al pasar hacia Burzaco, para recogerla en la tarde, de vuelta a casa. Lo cierto es que nadie supo en qué pensó Luisa en esos momentos, porque a nadie le contó jamás una palabra, pero Paulino estaba dormido entre sus brazos, mientras ella se mecía lento y tomaba el tercer mate cebado por Julio.

La vecina trajo al mediodía una olla con un guiso. Cuando llegó, Julio se fue a alimentar a las gallinas. Quiso dejar hablar a las mujeres o tal vez evitarse el dolor de ver llorar a su esposa por la muerte de su hermana.

Margarita era la italiana más dulce y alegre que hubiera dado el Mediterráneo. Sabía que no habría comida en la casa de sus vecinos porque habían salido el día anterior con la noticia de que Rosa estaba muy grave, así que preparó una comida abundante, puso un poco en la ollita y se fue a la casa de Luisa para darle una mano.

– No te hagas problema, yo te ayudo – le dijo a Luisa.- A la tarde, cuando Julio se vaya para Burzaco, vengo y te limpio un poquito y te doy una manito para preparar algo de cenar y dejar algo listo para mañana. Mi suegra cuida a mis chicos, así que tengo tiempo de sobra para ayudarte. Te consigo unos pañales de los que usaron mis chicos hasta que pueda ir a comprarte al pueblo la tela para hacer los que necesites – agregó. – Ya mismo voy a casa y ordeño la vaca: no tendrá mucha leche ahora que ya tomó el ternero…, pero algo vas a tener para darle. A esta edad toman tan poco… y a éste más que nada hay que darle agua. Cantale un poquito, para que se acuerde de la madre…

Y se fue, veloz como el viento, a buscar todas las cosas que le parecieron útiles y volvió enseguida con los brazos cargados. Y volvió todos los días a media mañana y a media tarde, durante el resto de su vida.

Luisa parecía en estado de estupor: sólo miraba la carita delgada y diminuta de Paulino y controlaba en el reloj de péndulo cómo se agotaba el tiempo de la sentencia. Ocho a diez horas. Y empezó a cantar en voz baja una vieja canción italiana que les había enseñado su padre.

Y las horas pasaron, mientras se mecía y cantaba. Y cantarle al bebé era tan lindo que las horas pasaban y ya no importaba. Cuando llegó la noche y Julio volvió de Burzaco, Luisa todavía se mecía y cantaba. La sopa estaba caliente en la marmita, que descansaba a un costado del fogón y el plato y el vaso dispuestos en la mesa, pero no hubo una sola palabra, sólo la vieja canción italiana.

Julio se fue a la cama con ese arrullo, que fue el mismo que lo despertó en la mañana. Se levantó, bombeó un poco de agua, se lavó, llenó la pava y la puso a calentar para cebarle otra vez el mate a su mujer, que no había dormido, ni enterrado a su hermana, pero que era madre ahora, porque Paulino vivía, respiraba sereno entre sus brazos, mientras Luisa lo arrullaba.

Destacado

Capítulo 2: Ana

Ana

rancho al fondo

El bebé lloraba en la cuna. La fiebre lo devoraba y nadie podía prestarle atención: la madre se estaba muriendo.

Casi a la medianoche, el médico del pueblo había regresado con un maletín lleno de instrumentos para tratar de parar la hemorragia con una cirugía improvisada en la habitación matrimonial, que se había transformado en un hospital de campaña. Contaba con Doña Ana, la partera del pueblo. Con ella habían salvado la vida de decenas de mujeres, era la mejor asistente posible, una mujer experta y segura. Por desgracia, también era la suegra de la paciente.

Ana ya sabía que no había mucho más que se pudiera hacer por su nuera, a la que había llegado a querer con todo su corazón, pero estaba lista para pelear por su vida.

Miró a su alrededor. El espectáculo que presenciaba era como un circo de dementes: los hombres afuera, en los patios, haciendo como que se ocupaban de los carros y coches en los que habían llegado trayendo a las mujeres, que trajinaban de una habitación a la otra, en silencio o intercambiando frases con voces susurrantes.

Su hijo Paulo, que era el hombre más alto del pueblo, estaba acurrucado en un rincón del cuarto y no le sacaba los ojos de encima a Rosa, que ahora parecía una niña delgada y pálida, tendida en la cama, rodeada de trapos sanguinolentos. Parecía tan pequeño que Ana creyó verlo de nuevo como cuando era un chico, llorando en el patio, el día que descubrió que con la piedra que arrojaba la gomera, podía matar a un pájaro.

En un rincón de la cocina los dos pequeños muchachitos se abrazaban, con las caras sucias de mocos. Ellos comprendían lo que pasaba y se consolaban uno a otro. En el cuarto de los chicos Azucena cantaba y mecía la cuna de la hermanita menor, a la que había alimentado y cambiado los pañales antes de acostarla.

Cada tanto, miraba de reojo a su consuegra. Petra rezaba y lloraba arrodillada en un rincón, enfundada en su eterno vestido negro. Ana temía que en cualquier momento tuvieran que correr a asistirla a ella también.

Rosa iba y venía de su sopor. Sólo murmuraba el nombre de Paulo, que acariciaba su cabello y besaba sus ojos y sus labios. Ella lo miraba, como desde el fondo de una fuente profunda y exhausta, volvía a dormirse con una sonrisa.

Luisa, la hermana menor de Rosa, sentada al borde de la cama, dejaba que sus lágrimas se deslizaran por su cara redonda y blanca, porque con una mano sostenía la mano de su hermana, como si con eso impidiera que su hermana se fuera, mientras mecía con la otra la cuna del bebé, estableciendo una conexión entre los dos moribundos a los que las fiebres se tragaban despacio.

Junto con Luisa y Julio, que habían llegado por la mañana temprano, vino Margarita, su vecina y amiga. Habilidosa para dar ánimo, había organizado a las vecinas que parecían a punto de estallar en llanto, hasta formar una tropa ocupada en ayudar.

Muy tarde, ya bien entrada la noche, había llegado Amalia en un coche de paseo, vestida como una gran señora, con un gran sombrero, adornada con alhajas y perfumada con lavanda. El cochero se quedó dormido muy pronto, porque los otros hombres que estaban sentados en el patio de adelante, no cruzaban una sola palabra.

Uno junto a otro, su esposo Nicanor y Giuseppe, el padre de Rosa estaban sentados en el banco de la entrada. Los dos viejos, unidos por la inmigración y la lucha por el arraigo, estaban otra vez juntos en el sufrimiento que compartían en silencio.

Justino, uno de los guardaespaldas de Paulo y Julio, el marido de Luisa, fumaban en el rincón más alejado del patio, también sin cruzar palabra. Sólo faltaba el marido de Amalia, que jamás pisaría la casa de su peor adversario.

Sus otros dos hijos, Mariano y Rafael, estaban de pie en la esquina opuesta.

Nada podían decirse en ese momento: las mujeres y el médico hacían lo posible para salvarle la vida a Rosa y cada hombre rumiaba lo suyo con respecto a esa mujer, que había marcado a su modo la vida de cada uno de ellos. Ana sabía que cada uno de sus hijos se retorcía de dolor, pero por motivos diferentes. Paulo perdía a su amor, pero Mariano y Rafael también tenían sus razones.

Rafael perdía a la única hermana que tuvo. Al borde de la desesperación, le había confesado a Rosa que era homosexual. Ella había evitado que se suicidara, abrigándolo con su increíble dulzura. Lo había abrazado y consolado como sólo una hermana puede hacer. Lo animó a seguir con su vida prescindiendo de esa comunidad pacata en la que él pretendía encajar… y había sido ella la que, entre silencios y palabras sueltas, había confirmado a Ana sus sospechas.

Mariano jamás había podido decirle a nadie que él también estaba enamorado de Rosa, aún antes que Paulo la conociera. La había visto en el tambo de sus padres hacía ya demasiados años para contarlos y había vigilado sus idas y venidas por el pueblo, esperando el momento apropiado para acercarse.

Le había hablado una vez en uno de los bailes de verano en el Club de Paleta, pero ella lo miró de arriba abajo y le respondió que se buscara alguna señorita de su edad, porque Mariano aparentaba ser muchos años mayor, por su manera de vestir y su cabello entrecano ya desde los veinte. Rosa había olvidado de inmediato el incidente, porque era su costumbre tratar a los hombres que la rondaban con un singular desprecio. Esa respuesta tan fría, en vez de congelar su corazón, avivó las llamas y él ya no pudo dormir, ni comer, ni trabajar, porque el recuerdo de Rosa lo torturaba.

Doña Ana se dio cuenta de que su hijo sufría de amor, pero él jamás le dijo por quién. Sólo se dio cuenta en el baile en el que Rosa y Paulo chocaron con la mirada, cuando Mariano enrojeció al ver cómo su hermano apretaba la cintura de la mujer que había amado en sus sueños. Vaticinando las tempestades, Ana trató de hablar con Mariano, pero su hijo estaba tan lejos ya, que nada podía evitar que en el alambique retorcido de su alma, el amor por Rosa se destilara en odio por su hermano. Se afilió al partido político contrario, se opuso a él en cada campaña, lo desprestigió cada vez que pudo y cuando la ferocidad de su encarnizamiento puso en peligro la vida de Paulo, sólo Ana lo detuvo. La vieja todavía corajuda, puso su cuerpo entre los dos y le dijo “¡Atrevete, cabrón!”

Al día siguiente, Mariano se fue para siempre de la casa paterna a vivir en la Capital. Y por consejo de su madre, Paulo se escapó a los campos por primera vez, justo a tiempo, antes de que llegara la policía a la casa del matrimonio y diera vuelta cada cacerola y cada cajón, como si un hombre de su tamaño pudiera ocultarse en esos lugares, con una orden de detención “por alentar el desorden público”.

Ana estaba acompañando a su nuera, que no soltó una lágrima y se mantuvo erguida y serena ante el insulto, convencida de que Paulo necesitaba a su lado una mujer con la fortaleza de soportar las injurias.

– Más bien será por alentar el desorden privado – le dijo la vieja al comisario, que se paseaba por la casa golpeando con el rebenque la caña de su bota – Dígame, ¿cómo se siente ser el títere del cabrón de mi hijo, que lo manda a detener al hermano nada más que porque está caliente con la mujer?

– Doña Ana, mejor guarde silencio, mire que la cosa no es con usté, pero por favor, no ofenda a la autoridá…

– No me vengas con pavadas, que no sólo ayudé a tu madre a parirte sino que también te limpié el culo varias veces y te saqué los piojos cuando eras chico. ¡Terminala con esta comparsa y sacá a estos imbéciles que trajiste con vos, que entre los calzones de mi nuera no se esconde el tipo que te defendía en el recreo cuando te querían fajar en la escuela!

Y el comisario, abochornado ante sus subalternos, pegó dos o tres rebencazos más y prefirió salir antes que la vieja terminara de asarlo, porque todo lo que había dicho era cierto. Paulo lo había defendido cientos de veces, le había enseñado a cazar y a usar el revólver mucho antes de recibir el escaso entrenamiento policial que le dieron al reclutarse. Y esa misma mujer que lo avergonzaba, lo había convencido de entrar en la Policía, para conseguir un empleo estable. Pero ahora no le resultaba muy cómodo tener un amigo peleado con el Intendente, con un Juez y con un hermano candidateado a Diputado provincial, que querían verlo preso.

Así se enteró Rosa del amor secreto de Mariano y de la causa por la que su marido era perseguido de manera tan insistente.

Cuando los policías se fueron lloró en los brazos de Ana. Lloró por su altanería, que había destruido el vínculo entre su marido y su hermano, lloró por su esposo fugitivo y lloró al darse cuenta de que su calvario sólo estaba empezando.

La única que no rezaba esa noche era Amalia, que retorcía las puntas del pañuelo bordado por su hermana, mientras miraba a Paulo. Ana también sabía por qué.

Amalia una vez había tenido unos hermosos diecinueve años, aunque el gesto agrio que tenía en su cara ahora no permitiera a nadie ni siquiera imaginarse que alguna vez esa mujer había sido feliz.

En esos años, ayudaban las tres a su madre en el despacho del tambo, porque todavía no tenían empleados. Amalia era una muchacha alta, de espalda recta y rasgos finos. Parecía de otra condición social.

De hecho, no asistía a los bailes del Club de Paleta de Burzaco, sino a los del Lawn Tennis Club de Adrogué, al que concurrían los jóvenes de las familias adineradas, los nuevos ricos de la Capital que habían generado a partir del Hotel Las Delicias y unas quintas bien ubicadas a la vera de las vías del ferrocarril, una la villa de descanso a la que trasladaban en el verano sus fiestas y reuniones sociales.

Como su belleza era singular y parecía más descendiente de franceses que de italianos, había logrado establecer algunas amistades que la aceptaban más por su apariencia que por su origen. El hecho de que su apellido pudiera pronunciarse como francés también ayudaba al disfraz. Con tanta precisión ajustaban las piezas con sus ambiciones, que terminó creyéndose ella misma la historia. Se presentaba con su apellido afrancesado y toda la semana cosía sus trajes imitando los modelos de moda que exhibían las revistas, compradas por encargo en el puesto frente a la estación de trenes. Los padres murmuraban protestas por su actitud altanera, pero sus hermanas se divertían con ese juego, en el que no participaban mucho porque lo consideraban un poco estúpido, en el caso de Rosa, o demasiado arriesgado, en el caso de Luisa. Colaboraban con la hermana mayor para alegrarla.

Lo cierto era que Amalia, durante todo ese verano asistió a los torneos de tenis de los sábados y luego se quedaba al baile, a regodearse por la multitud de solicitudes anotadas en su carné de baile y por las miradas ansiosas de los futuros abogados, escribanos, ingenieros y soldados, que buscaban a toda costa la complicidad de sus amigas para ser presentados con las formalidades correspondientes. Lo cierto era que Amalia participaba del conjunto alegre que regresaba a Burzaco en los tres o cuatro coches de las familias más pudientes.

Una de esas noches de carnaval en las que las barras de muchachotes se aburren un poco o toman demasiado, los atorrantes del Club de Paleta de Burzaco se fueron a esperar a las chicas de Adrogué a la puerta del Lawn Tennis, a la hora de salida del baile. Estaban dispuestos a darle una paliza al primer “cogotudo” que intentara impedir sus avances amorosos hacia las “niñas bien”, que salían en grupos, conversando y riendo.

El cruce casi termina en tragedia, cuando entre dos pavotes con más copas que conciencia, iniciaron una pelea para disputarse a Amalia. Enfundada en un vestido azul noche, estaba más hermosa que de costumbre. El pueblerino osó decir que la señorita le pertenecía porque era la hija del tambero de su cuadra y el futuro médico sacó a relucir la sevillana que ocultaba en su bolsillo, para lavar la ofensa dirigida a la francesita que acababa de conquistar. Mientras sostenía con su mano izquierda a Amalia del brazo, para que ella acercara su cara a la del infeliz de su vecino, con la derecha mantenía la sevillana picándole al pobre tipo el cuello y le gritaba que mirara bien a la mujer y confirmara su identidad o se retractara. En esa situación, el amenazado no podía resolver el enigma ¿la mataría a ella si decía la verdad o lo mataría a él si no decía que se había confundido de mujer? Todo el público asistente tenía la misma pregunta en la mente. Todos menos Paulo, que para terminar rápido con el espectáculo, apoyó la boca del revólver treinta y ocho en la sien del cogotudo, destrabó el martillo y dijo: “Soltá la navaja o te vuelo la cabeza”. El cuchillo cayó. Sin dejar de apuntar, Paulo tomó a Amalia de la cintura y la apartó hasta dejarla a sus espaldas, protegida por su cuerpo monumental. Después, desmontó el revólver, levantó el cuchillo, lo cerró, lo dejó caer en su bolsillo y ayudó a levantarse del piso a su compañero, que se había resbalado por la pared hasta quedar sentado, temblando.

– A ver, alguien que le enfríe la cabeza a este estúpido, que se va a hacer matar por la hija del tambero – dijo Paulo, y dos o tres muchachos acudieron en auxilio del futuro médico, que temblaba pálido y casi sin respiración. -Y vos, Amalia, subí al coche que nos vamos.

Amalia subió al coche más cercano de un salto y Paulo la siguió, todavía con el revólver en la mano. Enfundó en la sobaquera, tomó las riendas y condujo sin decir una palabra hasta salir de Adrogué y tomar el Camino de las Tropas. Allí rompió el silencio con una carcajada:

– Lindo despelote vamos a tener mañana, porque yo no sé de quién carajo será este coche y no tengo la menor idea de cómo lo voy a devolver…

– ¡Mirá si es del tipo ese al que por poco le volás la cabeza! – agregó Amalia, muriéndose de la risa.

Llegaron al tambo riéndose como dos chiquilines. Paulo bajó y sujetó el caballo a la verja, ayudó a Amalia a bajar y la jovencita usó el truco más viejo del mundo: se enredó en el vestido y se cayó… justo en los brazos de su salvador. Paulo la sujetó con tanta fuerza que la dejó sin respiración y le robó un beso antes de depositarla con delicadeza en el suelo, justo a la entrada de la casa.

– Espero que esto te enseñe a no andar pretendiendo ser otra… Con la mujer que sos, a mí me alcanza y sobra – Se subió otra vez al coche y con un chistido puso a marchar al caballo.

No volvió a visitar a Amalia jamás, pero ella nunca dejó de buscarlo: lo veía en la plaza o en la calle y sólo intercambiaban el saludo. Amalia empezó a ir a los bailes del Club de Paleta, pero Paulo ya no bailaba allí más que en algunas ocasiones. Prefería las peñas de las estancias y los bailes de los domingos en los boliches de campo, donde no había peleas por francesitas falsas.

Se volvieron a ver cuando Rosa le presentó a sus hermanas. Paulo entendió que Amalia nunca podría perdonarlo: no sólo la había bajado de su pedestal de barro delante de todos su finos amigos, sino que la había transformado en lo que era, una de las tres hijas del tambero, enamorada del guapo del pueblo, que ahora se casaba con su hermana.

El médico que esa noche estaba preparándose para operar a Rosa, era el mismo jovencito de la sevillana, que se había hecho amigo de Paulo varios años después, en la casa de Doña Ana, la partera del pueblo que se convirtió en su mejor agente sanitario.

Ana sabía que había llegado la hora. Retiró a todos del cuarto, indicó que alejaran la cuna hacia un lado, dispuso los instrumentos mientras el médico se lavaba y acercó todos los faroles que habían encendido las mujeres. Los preparativos habían terminado y había que operar a Rosa para tratar de salvar su vida, si Dios lo decidía así, por el bien de todos sus amados.

ORTOGRAFÍA Y DISLEXIA

Una vez, al devolver un escrito que debía corregir, el autor se disculpó por los errores ortográficos diciendo:

— Lo que pasa es que soy disléxico…

No hace falta decir que le mostré dos aspectos de su actividad escritora: desde que existen los programas de escritura con corrector ortográfico, pocos errores que comúnmente comenten los disléxicos pasan inadvertidos y, además, la dislexia no tiene nada que ver con el uso de las comas, las líneas de diálogo o la coherencia textual.

Sí, ya sé, soy una anticuada, pero no, cuando era chica los dinosaurios no andaban sueltos por la calle, ni conocí a Sarmiento en persona en la escuela secundaria, lo juro.

Lo que me pasó solamente (o sólo, así, con acento) fue que en la escuela primaria que yo cursé, una de las metas era llegar a fin de año sin cometer errores ortográficos. En la secundaria, la meta era lograr una sintaxis correcta. Y juro también que ambas cosas sucedieron en el siglo XX.

Me parece poco feliz que en “La Era de la Comunicación”, cuando la humanidad valoriza el mantenerse en contacto con los demás, se haya abandonado la importancia de la ortografía y la sintaxis, que son grandes inventos para homologar el sentido del mensaje entre el emisor y el receptor. Una suerte de “acuerdo”, una convención maravillosa.

Me voy a copiar algunos ejemplos de los libros: No es lo mismo decir fabrico que fabricó, ni da igual decir libre que libré, ni significan lo mismo callo que cayo.

Ni hablemos de la pobre hache, que tan desmejorada está… ¡Ay! no es lo mismo que Hay, aunque duele ver escrito la referencia a que algo existe, como si fuera un grito.

Sin intención de meterme en el nuevo “lenguaje igualitario” que tiene un significado político esclarecedor, en el que “les chiques” son criaturas de cualquier sexo anatómico, sí me parece ridículo modificar no sólo el decir, sino el escribir, donde me parecería más honesto dejar en claro que en el grupo hay un transexual, dos lesbianas, un heterosexual y tres bisexuales, para denominar como corresponde a un grupo políticamente inclusivo. Todo lo demás, para mí, es puro encubrimiento de una realidad verdaderamente diversa.

Dejando de lado mi faceta pedagógica, abogo por el correcto uso de la ortografía y la sintaxis para la comprensión exacta de los mensajes que quiero hacer llegar a otro que, para mí, tiene valor y merece mi respeto como destinatario de mi mensaje… Transcribo una conversación por WhatsApp, esa aplicación de la telefonía celular que nos mantiene “comunicados”:

—Hola,Como estas? Mi mama Pregunta Si Mañana Tiene que Ir A Trabajar?

—Sí, el médico le dio el alta.

—Tiene un papel nomas! El papel que ella te llevo,es el alta Ella le dejo el papel a tu hija!

—Ya lo sé, lo tengo yo, por eso te digo que tiene que venir a trabajar (si quiere, por supuesto).

Más allá de la dificultad de comprensión de mi interlocutor, que podría deberse a su escasa preocupación por el tema o a un estado de desconocimiento de la situación sobre la que hablábamos, creo que ignoró completamente la coma en mi primera respuesta. No la vio, no advirtió cómo modificaba la entonación de la misma frase, dicha con o sin ella.

De más está decir que mi perplejidad tenía más que ver con la presencia de las mayúsculas innecesarias y la ausencia de los espacios imprescindibles, que con la habilidad para entender lo que estaba leyendo… ¿Acaso mi empleada no sabía qué significaba el papel que trajo a casa? Decía claramente (con letra de médico, claro, pero entendible) que podía “retornar a sus tareas laborales habituales”. Comprender lo que se lee no sólo tiene que ver con lo que “dice” el papel, sino “lo que quiere decir” el que lo escribió.

Y regreso a la escuela. Ya nadie les lee a los niños ni a los adolescentes. Ya nadie les pone un libro entero en sus manos para que lean textos bien escritos, ni les enseñan a usar un diccionario (ni siquiera para buscar las “malas palabras”). La lectura se ha desperdigado en fotocopias y páginas de internet, que sólo reproducen fragmentos, como un cristal roto, espejos parciales que no permiten la construcción del sentido total.

Eso ha provocado que la escritura esté desvalorizada, al punto de perder su cálida intención de “decir algo a alguien”, en la intimidad del “vos y sólo vos leés esto, que yo te escribí sólo para vos”.

Claro que existen los e-books y los audio-libros, pero todavía no son de difusión masiva y la escuela está lejos de emplearlos como recursos formadores de lectores inteligentes.

En un país productor de grandes escritores, nuestros jóvenes jamás leyeron un cuento de Borges o de Cortázar, no saben quiénes fueron María Elena Walsh (o la confunden con Manuelita) ni Roberto Fontanarrosa (aunque tal vez hayan visto alguna vez a Inodoro Pereyra). No saben distinguir un buen poema de un aforismo barato, no conocen a los argentinos que publican actualmente, a no ser que vean las películas que se filman a partir de sus novelas, sin saber que antes, fueron textos premiados… porque estaban bien escritos.